Cezanne Cardona Morales

Tribuna Invitada

Por Cezanne Cardona Morales
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Ataúdes prestados

Dentro del ataúd del escritor Julio Ramón Ribeyro, sus amigos echaron una botella de vino tinto Saint Emilion -cosecha 1954-, un sacacorchos, dos cajetillas Marlboro Light y un encendedor. Cuentan que, mientras bajaban el ataúd, se escuchó un extraño ruido de copas. Algunos pensaron que, como Julio siempre fue tan flaco, la botella rodó dentro del ataúd. Pero un sobrino allí presente comentó que su tío estaría eternamente agradecido por el sacacorchos porque la botella era difícil de abrir.

A quien no le fue tan bien en la bajada fue al escritor Gustave Flaubert. Una procesión partió camino a la iglesia Canteleu y luego al cementerio, donde un piquete de soldados disparó y leyeron las últimas líneas de su novela “Madame Bovary”. Cuando comenzaron a bajarlo, el ataúd se atascó. Los sepultureros no calcularon bien la longitud del hoyo cavado, a pesar de que sabían que Flaubert siempre fue gordito. Hundieron una pala en una de las esquinas y, lejos de solucionar el problema, lo empeoraron. El ataúd se encajó aún más. Entonces ni subía ni bajaba. Algunos se retiraron antes de que el ataúd llegara al fondo. Pero hay quienes piensan que aquello fue un irónico homenaje a su obra, y que el ruido de las palas era similar al que escucha el viudo, Charles Bovary, mientras preparan el ataúd de su adorada Madame Bovary.

Por suerte, el ataúd de Antón Chéjov no se encajó, pero viajó a Moscú en un tren que transportaba ostras. El tren estaba pintado de verde y a las caras de los que esperaban en el andén no les faltó el color de la extrañeza. Pero más los confundió el sonido de una banda militar que comenzó a tocar una marcha fúnebre tan pronto sacaron el ataúd del tren. La comitiva fúnebre siguió a los militares sin saber que aquel no era el ataúd de Chéjov, sino el de un militar caído procedente de Manchuria. Cuando se dieron cuenta, algunos comenzaron a reír. Máximo Gorki, que estaba allí, recuerda bien las risas, y mientras caminaba al ataúd correcto pensó que el final de Chéjov era típico del final de sus cuentos.

No hubo quién confundiera el funeral del gran músico Sergei Prokofiev, a pesar de que le tocó ir al campo santo el mismo día que a Josef Stalin. Cuentan que las autoridades estatales acabaron con todas las flores naturales de Moscú. Por eso, todas las flores en el funeral del músico eran artificiales; de tela y de papel. Para el escritor Martín Kohan, lo mejor que le ocurrió a Prokofiev fue que se acabaran todas las flores naturales. ¿Qué mejor que la verdad del artificio para rendirle homenaje a un artista?

Si existiera tal cosa como el artista de los funerales ese sería, sin duda, Pablo Neruda, que hasta la fecha ha tenido cuatro. El primero se realizó a finales de septiembre de 1973, y dicen que fue la primera manifestación pública en contra de la dictadura de Augusto Pinochet. El segundo fue apenas seis meses después, en 1974, cuando algunos amigos le pidieron a la viuda, Matilde Urrutia, que trasladara los restos a otro lugar del mismo cementerio. El tercero fue una fiesta nacional y sirvió, en 1992, como estreno de la nueva democracia. La osamenta fue trasladada al balneario de Isla Negra, como quería el poeta. El cuarto fue hace apenas dos años, en 2016, cuando los restos regresaron a Isla Negra, luego de ser exhumados para una investigación de posible asesinato. Uno de los sobrinos del poeta no perdió la oportunidad para celebrar otro homenaje a orillas del Pacífico.

Nuestra pulsión de muerte es atrevida y justificamos cualquier destino, por pobre que sea. Pero nadie me convencerá de la chapucería gubernamental de los cadáveres en camiones a las afueras de Ciencias Forenses. Con tanto edificio gubernamental baldío, con tantas leyes y enmiendas, con tanta iglesia y funeraria, con tanta bala y biblia, con tanto moralismo y municipio, con tanto santo y prócer, con tanta fiesta y bandera, con tanta corbata y sindicato, con tanto anuncio y esquela, ¿acaso nadie ayudará a los que no tienen dónde caerse muertos? ¿Dónde andan las diez mil entidades sin fines de lucro? ¿Qué nuevo éxodo practican las iglesias? ¿Debajo de qué piedra se metieron los cheches de la caridad? De niño escuché que por las noches los muertos, si no los respetamos, nos halan los pies. Sin quererlo, mi abuela citaba a un poeta que repartía cartas: “los muertos necesitan todo lo que nosotros necesitamos”.

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Nadar para poder caminar

Pensé en todos aquellos escritores que practicaban la natación, no para recordar el peso de la tierra, sino precisamente para olvidarla. El poeta Lord Byron, aquejado de una lesión en el tendón de Aquiles, nadaba para olvidar su cojera y cruzó el Bósforo, al norte de Turquía, sin rastro de dolencia. El checo Franz Kafka solía nadar en la Escuela Civil de Natación, en la isla de Sofía, para olvidar la vergüenza que sentía por su cuerpo. En sus “Diarios”, bajo la fecha del 2 de agosto de 1914, Kafka anota: “Alemania declara la guerra a Rusia. Por la tarde, me fui a nadar.” En una entrevista, el colombiano Héctor Abad Faciolince, autor de “El olvido que seremos”, dice: “Nado para que nada me afecte, nado para estar solo.” Para el poeta argentino Héctor Viel Temperley nadar era la mejor forma de rezar. El misticismo de su poema “El nadador” es evidente cuando dice: “Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada / Tuyo es mi cuerpo”.

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