Ana Lydia Vega

A Cuatro Ojos

Por Ana Lydia Vega
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Autoayuda para corruptos

Una megaepidemia ha dejado atrás a la del zika. El “zancudus corruptus” se ha vuelto loco reproduciéndose en aguas turbias y haciendo estragos entre las filas de los partidos dominantes. Ni la fumigación aérea 24/7 con Naled puro podría detener a esa insidiosa plaga que le ha ganado la partida al “aedes aegypti”.

Los que alegaban que el PNP le da mano y muñeca al PPD en materia de corrupción comienzan a ver la luz de la obviedad. No cabe duda: por encima de sus rivalidades ancestrales, son tal para cual. Empatados en el traqueteo, sólo sirven para gerenciar la inercia y ordeñar el erario. Como en las dictaduras tradicionales, aquí reina un partido único y vitalicio: el PDT, Partido del Tumbe, ganador indiscutible de todas las elecciones.

A la comparsa habitual de timadores de carrera, se unen ahora, con métodos cada vez más ingeniosos, los buscones debutantes. El “anaudismo”, nueva fórmula de promoción social “fast-track”, consta de tres pasos básicos. Hacerse indispensable como recaudador de donativos. Instalarse en el círculo íntimo del candidato vencedor. Y, mediante la amable colaboración de funcionarios de ego trabajable, colocar agentes secretos en puestos claves para la rápida y eficiente picadera del bacalao. Así, a lo “sucusumucu”, se establece una administración paralela con el apoyo logístico de la oficial.

Las elecciones están a la vuelta de la esquina. Dada la proliferación de aspirantes a estafadores profesionales, alguien debería escribir un manual de etiqueta corrupta. Sería el “bestseller” boricua del milenio y quién sabe si hasta internacional. En todo caso, no les vendría nada mal a esos ases del truco que, por pasarse de listos, piensan y actúan con la temeridad de un kamikaze y la torpeza de un patán.

Para empezar, tendrían que aprender a no dejar rastros detectables de sus fechorías. Controlen esas sinhuesos, señores, échenle candado a esos picos fanfarrones. Calladitos se ven más bonitos, como advierte el “Señor de los cielos” a sus achichincles. Suelten los celulares, suspendan cuanto antes el “texteo” y el “e-maileo”. No hay documentación más delatora de actividad delictiva que las pistas electrónicas.

A propósito de la correspondencia, vale la pena resaltar dos detalles cruciales. De verse obligados, por emergencias del negocio, a intercambiar mensajes escritos con sus compinches, al menos adopten un seudónimo y creen otra cuenta. Y, por más cariño y admiración que puedan profesarle, eviten a toda costa llamar “líder” o “hermanito” al cerebro de la operación. Bajo la mirada implacable de la fiscalía, eso equivale a una doble tirada al medio.

Otro consejito de cortesía. Dense de baja “rush” de Facebook, no vaya a ser que se les pegue la compulsión confesional de los adictos a las redes sociales. Tampoco resultaría conveniente que, en el frenesí exhibicionista de ese antro chismográfico, se les colara algún “selfie” incriminatorio con un alcalde o un legislador de dudosa reputación. Un minuto de silencio por aquella elegante discreción de la vieja guardia chanchullera. “Sic transit”…

En el renglón de los regalos obligados, me limito a recomendarles que no adquieran los objetos de lujo para los sobornos en ningún “mall” del patio. Recuerden que los vendedores tienen mucha curiosidad y excelente memoria. Hagan sus compras por Internet y recíbanlas en casa de algún pariente de confianza con la excusa de que su cartero no sabe leer, pierde los paquetes o algún otro pretexto digerible.

Aprovecho para informarles que esa fijación con las marcas famosas es signo inconfundible de un origen plebeyo. Sólo los “nouveaux riches” matan por la ropa de diseñador y se empeñan en llevar las etiquetas por fuera. Para el público general, tales preferencias configuran una imagen de comemierdería avanzada que antagonizaría sin remedio a un posible jurado federal. Con eso en mente, no sería mala idea invertir en productos del País por aquello de lucir patriota a la hora de los mameyes judiciales.

En cuanto a viajes se refiere, sugiero descartar de inmediato la opción París. Tremendo cliché turístico y tremendo calentón. Allá quiere ir medio mundo y su combo a retratarse con boina y bufanda frente a la Torre Eiffel. Vayan mejor a Cuba, que está de moda desde que los gringos se reconciliaron con los Castro, no poncha el pasaporte americano y se proyecta como una destinación más modesta.

Importantísimo: si, por desgracia, el destino cruel les tuviera en reserva una acusación criminal, no se les ocurra invocar a Dios como testigo ocular de su inocencia. Créanme que no hay en este mundo y planetas adyacentes admisión mayor de culpabilidad. Y, bendito, por lo más que quieran, no sienten a la familia en sus conferencias de prensa. Los rostros trincos y sombríos de hijos y esposas los condenarían a perpetuidad.

Por último, genios de la artimaña y el pillaje, prohibido lloriquear ante las cámaras. Hagan como los narcos, que alzan el dedo del medio camino al tribunal. Total, lo más probable es que algún día, cuando salgan de la cárcel bajo palabra, algunos de ustedes reencarnen en asesores legislativos o en analistas políticos de televisión.

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