Manuel G. Avilés Santiago
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Bajo el toldo azul

Las pocas veces que de niño viajé en avión peleaba por sentarme en el asiento pegado a la ventana. La oportunidad de ver a Puerto Rico desde el aire era un espectáculo visual que no me podía perder. En el recorrido aéreo, le seguía el rastro a territorios que reconocía como la carretera número dos, el estadio Hiram Bithorn y el caño Martín Peña.

Volar era, además, una oportunidad de penetrar en aquellos espacios que por tierra o aire me parecían ajenos. Por ejemplo, desde las alturas observaba las faraónicas residencias de sectores de Dorado y Guaynabo para las que no tenía pasaporte de entrada. Junto a la gran mayoría de estas residencias, destacaba la presencia de recuadros en tonalidades azul turquesa que correspondían a esas imitaciones de mar que llamamos piscinas y que forman una frontera líquida que traza los mapas de la desigualdad en Puerto Rico.

En mi más reciente viaje a la isla, mientras hacíamos entrada por el litoral norte, pude apreciar nuevamente un mosaico de recuadros azules; esta vez, resaltaba el tono royal. La cantidad se multiplicaba mientras más nos acercábamos a la zona metropolitana. En esta ocasión, no se trataba de los oasis privados planificados para el ocio; eran simulacros de techos, diseñados como remedios temporeros para aquellas familias cuyas residencias habían sufrido daños estructurales tras el paso del huracán María.

Tuve la oportunidad de visitar la casa de un viejo amigo cuyo techo lo conformaban dos toldos de FEMA. Entrar a la residencia era como volver a salir al aire libre, pues al mirar hacia arriba, aquella sábana azul configuraba a su vez un firmamento artificial sin sol ni nubes, sin lunas ni estrellas. Pasaron las horas, y los aguaceros dispersos y las brisas pasajeras confirmaban lo frágil de aquellas estructuras. Al abandonar su hogar, me percaté que afuera ya estaba oscuro, pero bajo el toldo no había día ni noche, solo la cruel ilusión de una falsa protección ante una eterna intemperie teñida de azul.

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