Edwin Sierra González

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Por Edwin Sierra González
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Barcelona: la consecuencia del fanatismo

El dolor ha tocado a la puerta. La intolerancia humana, el rencor y el orgullo han cantado victoria una vez más. La rambla, esa arteria llena de vida de la capital catalana ha sido golpeada por la oscuridad del ser humano, lo peor nuestra naturaleza se ha mostrado.

En uno de los golpes más dolorosos, desde los sufridos en Madrid hace un más de una década, la soberbia ha hecho gala de su rencoroso proceder. No hay mar que separe el dolor que se siente, pues como dice nuestro Luis Rafael en su pasión antigonesca: el dolor se parece tanto al dolor.

La incomprensión nos domina. Nuestro deseo de imponer nos ciega. Lo peor de todo, es que, tal vez, y sólo tal vez, la respuesta al dolor será la violencia misma. ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar?

Recuerdo caminar esas calles pintorescas de una ciudad cosmopolita. Barcelona se desnudaba ante mí viva, hermosa, hechicera. Un magnetismo especial. Pero el ego humano la ha azotado. Hoy ese recuerdo se borra de golpe de mi mente ante el quejido estruendoso del dolor. Esta lucha eterna entre Occidente y Oriente no parece tener fin. El ímpetu de imponer nuestra verdad del mundo lo destruye. El fanatismo no tiene otra consecuencia más que el dolor, no sólo en lo físico de una muerte trágica, sino, en las emociones del ser que se anula.

La necesidad del ser humano de poseer la verdad y la razón nos está consumiendo como sociedad. Nuestro asfixiante deseo de una sola verdad nos desmorona. Si entendiéramos que la razón es una idea abstracta que no puede ser poseída, nuestro mundo sería otro. Si aceptáramos que no todas las cosas se hacen siempre de la misma manera, daríamos un gran paso.

¿Qué grandeza queda tras la tragedia? La vergüenza de nuestra humanidad. Y hoy ha sido Barcelona, pero año tras año han caído pueblos de todos los rincones del mundo. África, Asia, Oceanía, Europa y América son sólo el escenario donde hemos elegido derramar lo peor de nosotros. La lista de ciudades marcadas por el fanatismo parece no detenerse. Occidente siempre ha gozado de protagonismo y cobertura mediática, pero en realidad, todo el planeta languidece por nuestro orgullo.

El fanatismo ha llevado al mundo a acciones atroces que la historia nos reseña. ¿Qué nos falta por aprender? Ser mayoría no significa, necesariamente, tener la razón, si es que puede poseerse. También puede demostrar la gran cantidad de personas que pueden equivocarse al mismo tiempo. Eso también lo enseña la historia. El pasado ya no lo podemos cambiar, pero el presente es el hoy perfecto para un mañana diferente. De nosotros depende. Barcelona, ho sento molt, t´estimo.

Nota: (Barcelona, lo siento mucho, te amo. Está en catalán.)

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