Néstor Martínez

Punto de vista

Por Néstor Martínez
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Barcelona y sus implicaciones internacionales

Esta semana, a través de las imágenes de los noticiarios y los periódicos, hemos sido testigos de las protestas en las principales ciudades catalanas, particularmente en Barcelona.

Al igual que el Verano del 19 en Puerto Rico, en Barcelona se han desarrollado movilizaciones multitudinarias, pero en el caso catalán, el agente catalítico ha sido una sentencia del tribunal supremo español contra nueve activistas independentistas. Esto, a su vez, abrió una válvula de escape a la rabia acumulada por años de un amplio sector que desea tomar el control de su destino.

Los gobiernos, en su torpeza, no son capaces de medir las consecuencias de sus actos. No se le tira piedras al vecino cuando tenemos techo de cristal. 

Para comprender lo que ocurre hoy, amerita repasar lo ocurrido en la década de los 90, cuando vimos el apoyo entusiasta de España ante el nuevo rediseño de fronteras, siempre al Este, por supuesto. Claro, no se miró en ese momento que todavía la violencia en el País Vasco se saldaba a bombazo limpio, secuestro y ejecuciones de cientos de inocentes. Pero había que aplaudir y seguir los dictámenes de Washington para apoyar “la libre determinación de los pueblos”.

Primero la Unión Soviética eclosionó en 15 repúblicas independientes en 1991, luego vimos desaparecer a Checoslovaquia hasta llegar a la balcanización de Yugoslavia.

Ahí no se limitaron a apoyar la secesión de Eslovenia, Croacia, Macedonia y Bosnia-Herzegovina, sino que la propia Serbia había que desmembrarla, no solo al quitarle a Montenegro sino que se le quitó también a Kosovo para impedirle su acceso al mar. Pagó muy caro ser un pueblo eslavo y hermano de los rusos.

Definitivamente olvidamos la lección de la Primera Guerra Mundial, que comenzó en esos lares con el asesinato del Archiduque de Habsburgo, y heredero de la corona del Imperio Austro-Húngaro en Sarajevo. Fue ahí que se sembró la semilla, latente hoy día, para quizás la tercera gran guerra.

Pero esa misma España, que sin mirarse en el espejo de su rompecabezas étnico se lanzó imprudentemente a aplaudir lo que sucedió en los países del Este, ahora está en un callejón sin salida. Porque muchas etnias atrapadas en las fronteras actuales de Europa Occidental desean reivindicaciones históricas. 

Basta mirar a Escocia. Asimismo en Bélgica, Francia e Italia existen grupos étnicos que poco a poco buscan mayor visibilidad.

El caso de Cataluña es quizás el punto de inflexión donde los occidentales decidirán que no vale lo que aplicaron en el Este. Esto seguirá ocasionando incomodidades en el exterior.  

Pero en el interior, ¿con cuál moral aplasta ahora el gobierno español en su casa lo que aplaudió afuera? ¿Hasta qué punto empujarán a los manifestantes a la opresión? ¿Hasta cuándo Occidente estará dispuesto a mirar para el otro lado?  ¿Puede el gobierno español endurecer aún más su postura? ¿Se perseguirá a los líderes independentistas hasta empujarlos al clandestinaje?

La Madre Patria no la tiene fácil. Por la puerta de Cataluña se pueden ir el País Vasco y Galicia. Entonces ¿qué quedará de España? 

Y la Unión Europea también la tiene difícil porque si España se balcaniza o se desintegra, se abre la puerta para que el Reino Unido de desuna y eventualmente estaremos hablando de microestados.

Barcelona no solo es Barcelona. Lo que finalmente se decida con Cataluña tendrá un impacto desde Irlanda hasta Ucrania

Así de trascendentales son las protestas que arden en Cataluña.

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