José Curet

Tribuna Invitada

Por José Curet
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Barrio Obrero

Repica una tumbadora y escuchas, al pasar, el eco de algún corillo reverberando acordes de una bachata. Atraviesas alguna acera de la Avenida Borinquen y quizá se enreden tus pasos al tratar de evadir un bache de agua brotando de una alcantarilla. Tropiezas entonces con la base de algún poste; más bien, el tuco, lo que queda de un farol, pues al ser de aluminio valía más cortado y reciclado que iluminando. Miras a ambos lados y el reflejo del sol relumbra sobre las vidrieras de los comercios. Se entrecorta la imagen sobre el cristal roto de alguna vitrina vacía donde flotan enormes letreros: se vende, se alquila. Y ya en otro local ves guindando, del pretil de su fachada, enormes racimos de plátanos y verduras, como un oasis improvisado.

Pero tras esa fachada que hoy parece recibir al viandante, se esconde otra realidad mucho más rica, oculta muchas veces por el olvido de la memoria histórica, o por la miopía del prejuicio social. Justamente este año cuando se conmemora un siglo de la fundación de Barrio Obrero, vale la pena detenerse más allá de las fachadas y recordar su historia, así como sus proyecciones futuras.

Barrio Obrero, se recuerda hoy, fue el primer proyecto de vivienda auspiciado y financiado por el Gobierno. Su fundación y desarrollo fue sufragado por la Comisión de Hogares Seguros de la Cámara de Delegados, presidida entonces por José de Diego. Según señalan el planificador Aníbal Sepúlveda y el arquitecto Jorge Carbonell en el libro Cangrejos-Santurce: Historia ilustrada de su desarrollo, “se autorizaba… la construcción de casas para artesanos y obreros con fondos de El Pueblo de Puerto Rico… (y se) proveí(a) arrendamiento de las mismas con derecho a propiedad”.

Pero la historia de su población, desde aquella fundación hasta el día de hoy, siempre ha mostrado ser la de una comunidad errante. Aquellos primeros artesanos y obreros acogidos aquí, tras ser desplazados por el dragado de Puerta de Tierra, no tardaron mucho en vender o alquilar sus nuevas propiedades para estar más cerca de sus talleres de trabajo. Pues entonces, a diferencia de hoy, de Barrio Obrero a la 15 no era un paso na’.

Pero hoy también encontramos en el Barrio algunos vecinos, como Alberto (Pablito) Figueras, quien nació y ha permanecido ahí por más de siete décadas. Hablo con él y se recuerda cuando allí las calles y aceras eran canales de agua, en vez de asfalto. “Esto ha cambiado un montón -me dice- éramos once hermanos, más los primos… todos aquí se conocían… pero ya no hay respeto, ni para la Policía, ni la Policía con nosotros”.

Pero si el cambio ha sido constante, también ha coexistido allí siempre el halo de su gente: donde se mezcla el arte y la bohemia con el espíritu empresarial. Allí vivieron Felipe Rodríguez, Johnny Rodríguez y su hermano Tito, vecinos de la calle 13, Tite Curet, entonces empleado postal allí, y Sunshine Logroño, entre otros tantos. Por allí podía verse caminar cualquier día a José Miguel Agrelot, así como a políticos: Sila Calderón, o los hermanos Fernós; o deportistas como Julio Toro. También se criaron allí intelectuales del siglo pasado como Arturo Schomburg, primer historiador de la herencia africana; y por ahí aún vive y pasea el poeta Jesús Tomé.

Y al igual que su gente, su entorno y hasta sus fronteras parecen ensancharse: por el norte sus lindes se confunden con Villa Palmeras, o con Las Casas. Pero, entretanto, allí siempre han doblado las campanas de la iglesia del Carmen, así como hoy sobrevuelan los cánticos de predicadores ambulantes. Han remozado sus antiguas escuelas como la Asenjo, la Boada o la Einstein; sus antiguas farmacias, como la Royal, siguen despachando recetas; y todavía abundan allí colmados, joyerías y barberías. Y cuando ha ocurrido un cambio generacional, nuevos jóvenes empresarios se aprestan a trasladarse allí, apostando al futuro del Barrio; como los diseñadores de gafas, coa, quienes planean establecerse en el antiguo taller de la Joyería Borinquen.

Colaboradores en ese proceso de revitalización también han figurado algunos líderes comunitarios, como Víctor López, del colectivo artístico Tacuafan. Recientemente, al conmemorarse el centenario de la fundación del Barrio, revivieron con su música y con piezas teatrales la tradición del Barrio en la Plaza Barceló.

Pero ni un día ni un año de celebración son suficientes para dar sentido de pertenencia a una población en donde la trashumancia ha estado presente a través de su historia. Hoy las miradas de sus vecinos muchas veces parecen perderse en la inmediatez del presente. La pregunta, me voy o me quedo, pesa más que la respuesta que pudiera brindar el sentido de arraigo, de pertenencia a una comunidad. Y sin rescatar ese sentido, el de un pasado que aún arrastra el presente, los pasos de su gente por allí pueden seguir perdidos en ese callejón oscuro del trajín diario. Pero entonces, caminar por sus calles, ir de compra a la tienda más cercana, o pensar establecer un negocio allí, pudiera ser una salida a ese callejón oscuro. Así se estaría continuando una tradición que ha dado vida por un siglo a Barrio Obrero.

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lunes, 3 de septiembre de 2018

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