Julio A. Muriente Pérez

Punto de vista

Por Julio A. Muriente Pérez
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Basta de insultos en la radio

Tras una fachada pretendidamente ilustrada 

se anida un espíritu cínico, nihilista, 

irrespetuoso, insultante y destructivo, 

intelectualmente irresponsable, 

pretendidamente impune y 

detestablemente arrogante y corrosivo. 

Vergonzoso para cualquiera que se respete a sí mismo. 

Él y su retahíla de acompañantes de ocasión

—mediocres, aburridos, panfleteros, 

incultos…--constituyen un atentado 

cotidiano a la seriedad y el respeto 

que debe prevalecer en esta sociedad 

y en los medios de comunicación de masas. (…)

Libro Soy creyente

“Degeneración de la radio nuestra de cada día”

(Fragmento)

La deplorable situación que se dio hace unos días, cuando un analista radial insultó a la alcaldesa de San Juan, Carmen Yulín Cruz, y por extensión a la mujer puertorriqueña, no es un caso aislado. Es apenas la muestra más reciente del proceso de degeneración que ha venido sufriendo la radio durante los pasados años, como fuente de información y análisis social, político y cultural serio y de altura. En esta ocasión el incidente ganó prominencia pública solo porque importantes figuras del país denunciaron el mismo. Cualquier radioescucha puede dar fe de que los insultos, las mentiras, las medias verdades, los ataques y los prejuicios de todo tipo -la tiraera- son el pan nuestro de cada día en la radio puertorriqueña.

Ello guarda estrecha relación con la decisión —que parecería concertada—de importantes estaciones de radio, que hace varios años eliminaron los programas de debate político con participación diversa, optando por entregarle el micrófono, buena paga y licencia para decir lo que se le antoje, a eso que se ha dado en llamar “analistas políticos”.

Esas personas son dueñas de espacios privilegiados, audiencia cautiva, auspiciadores solventes y del visto bueno de los dueños de las estaciones radiales. Cada uno tiene su agenda particular. Cuentan con el control absoluto de una o dos horas diarias, que comparten a discreción con algún invitado ideológicamente inofensivo, tiempo en que nos bombardean con todo lo que se les ocurra.

Aunque hay entre ellos ciudadanos capaces y responsables, en muchos casos se trata de politiqueros de oficio, excandidatos o exincumbentes, o personas estridentes, arrogantes, faranduleros, pedantes y mediocres, frecuentemente irrespetuosos, con limitada capacidad intelectual y cultural; incluso aburridos.

La casi totalidad de estos analistas políticos son anexionistas o estadolibristas. La opción independentista brilla por su ausencia, en un ejercicio poco disimulado de invisibilización ideológica.

Llama la atención el carácter violento de los nombresde muchos de estos programas, indicativo de los niveles de intolerancia que se promueven en los mismos, o de la manera como se sugiere que se lleven a cabo los debates políticos e ideológicos en el país.

El resultado ha sido el deterioro progresivo de la radio como vehículo por excelencia para el análisis y la interpretación social profunda, responsable, participativa, diversa y proponente, en un pueblo cada vez más necesitado de gente seria que hable sobre cosas serias y le ofrezca opciones serias a los serios problemas que enfrenta y padece.

La libertad de expresión ha terminado siendo una gran burla. En tiempo reciente, los analistas han devenido en anunciantes de diversos productos comerciales en los propios programas de pretendido análisis, así como si tal cosa. Interrumpen el tema más importante, sin más ni más, para anunciar lo mismo colchones, que automóviles, que artículos de ferretería.

O insultan a su antojo, como fue el caso de la alcaldesa de San Juan, víctima de la impunidad de algunos que se sienten confiados en decir lo que les viene en gana, porque están seguros de que saldrán airosos. 

Y saldrán airosos si nosotros y nosotras nos cruzamos de brazo, les toleramos y permitimos que se salgan con la suya.

Después de todo, lo que se está pidiendo es respeto. Que cada cual piense lo que quiera pensar, que prefiera la opción política que prefiera, y hasta que diga los disparates que quiera decir, si es el caso. Pero que, al menos, se respete al prójimo, en la coincidencia y en la diferencia, y que nadie crea que tiene la verdad agarrada por el rabo. Que cese la violencia verbal de esos gatilleros radiales que han convertido el micrófono en una ametralladora.

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