Edgardo Rodríguez Juliá

Puertorro Blues

Por Edgardo Rodríguez Juliá
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Beso, por Stila

El 1 de marzo de 1954 un comando puertorriqueño atacó el Congreso de la Estados Unidos; dispararon sus pistolas a mansalva —casi todas nueve milímetros, alguna que otra Luger— contra los congresistas reunidos en el hemiciclo de la Cámara de Representantes. Nadie murió; fueron heridos cinco representantes. Para sorpresa de la prensa norteamericana, el comando nacionalista fue dirigido por una mujer, Dolores “Lolita” Lebrón; recibió gran destaque, como figura central del ataque, en un reportaje de la revista Life, que incluyó fotos del arresto, dibujos para ilustrar el ataque, un ominoso diagrama con la trayectoria de las balas. Se escogió aquella fecha para protestar el otorgamiento de la ciudadanía norteamericana a los puertorriqueños, en 1917, el dos de marzo, treinta y cinco años antes.

Es posible, dadas las imprevistas vicisitudes de la historia, que Puerto Rico sea independiente en cinco años, o estado federado en diez. Que cayera el muro de Berlín era en 1989 más improbable que Trump construya el suyo en 2020, treinta y un años después. De todos modos, nuestra progresiva integración a los Estados Unidos podría tener como uno de sus hitos aquel acontecimiento en la primavera del año en que Willie Mays capturó el batazo de Vic Wertz, apenas ocho meses después de la ejecución de los esposos Ethel y Julius Rosenberg, por haberle pasado secretos atómicos a la Unión Soviética. La guerra de Corea había entrado en su cese de fuego apenas siete meses antes. Eran los años de la Guerra Fría. El ataque nacionalista apenas fue un desvío de la paranoide histeria anticomunista que vivía los Estados Unidos hacia aquellas fechas.

Desde entonces, seis puertorriqueños han pertenecido a ese cuerpo legislativo que los nacionalistas de 1954 identificaban con el corazón del Imperio, el lugar desde el cual se ejercía el colonialismo sobre la patria irredenta. Esos seis puertorriqueños han sido Herman Badillo, Luis Gutiérrez, José Serrano, Nydia Velázquez, Alexandria Ocasio-Cortez y Darren Soto. Hoy por hoy, semejante ataque —impensable por lo demás— se correría el riesgo de herir a cinco compatriotas. Sesenta y cuatro años después no solo hemos sido colonizados por el consentimiento al Estado Libre Asociado sino también gobernados, en alguna medida, por una representación puertorriqueña en el Congreso U.S.A. Después de todo, hay más puertorriqueños “continentales” que isleños; por pura presión demográfica, el protagonismo de los puertorriqueños en la política estadounidense aumentará, por lo que el Imperio tendrá, de ahora en adelante, su “Spanglish tinge”. Y si algún fanático fuera a rociar con una pistola Glock ese mismo hemiciclo, podría herir a Ilham Omar, representante musulmana de origen somalí que usa hijab, y que bien podría honrar aquel antisemitismo que llevó a los esposos Rosenberg a la silla eléctrica, y que hoy comparte con buena parte del nacionalismo “Blut und Boden”, “soil and blood” de muchos seguidores de Trump. La historia se repite, casi siempre, con una sonrisa irónica.

En la emblemática foto del ataque de 1954, Lolita Lebrón aparece sujetada, en las escalinatas del Congreso, por guardias de seguridad, posiblemente de ascendencia irlandesa; ejecutan su brutalidad con la pasión de inmigrantes recién conversos. Dolores Lebrón aparece azorada y a la vez desafiante. Se vistió bien para atacar el Congreso —se “empaquetó”, como hubiese dicho mi madre— y se aplicó, cuidadosamente, aquel lápiz de labios rojos carmesí por Revlon que mejor acentuaba la belleza de su rostro, tan de la mujer puertorriqueña de aquella época. Alexandria Ocasio-Cortez ha adoptado un lápiz de labios con tono parecido para aparecer en la portada de la revista Time, como esa linda boricua que se ha convertido —quizás— en la socialista más célebre y notoria del mundo entero, defensora del ambiente y némesis de Amazon y el capitalismo a la Jeff Bezos. EL lápiz de labios de aplicación líquida, húmeda, brillosa, se llama “Beso” y es vendido por Stila. Desde que lo usa nuestra representante novata —como también lo es la nacida en Mogadisco Ilham Omar— las existencias de este “lipstick” se han agotado en la internet. Alexandria es una celebridad solo comparable a la de otro boricua, Lin Manuel Miranda. El “Lolita Lebrón look”, a la usanza de Alexandria Ocasio-Cortez, es la más reciente pasión entre las latinas millenials.

Sesenta y cinco años después la nación puertorriqueña, los “boricuas”, nos debatimos entre la gravedad y la celebridad. Nuestra integración —ya que no asimilación—quizás contenga una nueva profecía: Si hemos perdido la guerra del nacionalismo, quizás todavía estemos a tiempo de librar batallas por el socialismo a la manera de Alexandria: defensa del ambiente, Medicaid para todos, fronteras abiertas, abolición de ICE. ¿Quién pagará todo eso? Los puertorriqueños tenemos buena experiencia, cuando se nos hace esa pregunta, de mirar para el lado, fruncir los labios color carmesí y señalar con el hocico algún billonario blanco, o a Tío Sam, que nos debe indemnizar por haber sufrido este largo suplicio colonial.

Mientras tanto, lo menos “local”, lo más “internacional” de nuestra literatura y política son dos jóvenes puertorriqueños que mejor se expresan en inglés, Lin Manuel “Hamilton” Miranda y Alexandria “Lolita” Ocasio-Cortez. Se van agotando los pitiyanquis que nunca aprendieron inglés, los boricuas que permanecieron en el ghetto del Bronx sin conocer el downtown, los que se aterraban con la condensación del aire acondicionado en los aviones, los que aplaudían al aterrizar en San Juan, los que embarcados en el Marine Tiger entraban en convulsiones cuando Puertorro desaparecía en el horizonte, y también los que se empaquetaban con flus y corbata para subirse a los Constellation de la Pan American, o atacar el Congreso de los Estados Unidos. Nuestro nacionalismo se ha vuelto liviano, como el de Carmen Yulín y Alexandra Lúgaro, el pitiyanquismo se ha vuelto menos truculento y atrabiliario, más como el de Ricky, menos como el de Romero Barceló o Rivera Schatz.

Si fuera a resumir mi testimonio de todos estos años, diría que ya estamos listos para olvidar los Spiks de Pedro Juan Soto y el Drácula de José Luis Vivas Maldonado. ¿Quiénes son esos? De tanto averiguar sobre el “Beso” de Alexandria, y mediante la magia de los “algoritmos”, ya recibí la promoción de Stila. Entre la gravedad y la banalidad está el olvido.

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