José E. Muratti Toro

Punto de vista

Por José E. Muratti Toro
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Biden, Trump y el futuro de la democracia estadounidense

Tras perder en su propio estado de Massachusetts, Elizabeth Warren se retira de la contienda por la candidatura demócrata dejándole el camino libre a Bernie Sanders y Joe Biden. Creo firmemente que tanto Bernie como Warren tienen claro que en los Estados Unidos no puede haber justicia, en el sentido amplio de la palabra, si no hay igualdad de oportunidades para todos los ciudadanos. 

No las hay tanto para las minorías raciales/étnicas, como para las de preferencia de amores y las que sobrellevan impedimentos. Pero, sobre todo, no las hay para la inmensa mayoría asalariada, cuyo trabajo alimenta y subvenciona los ingresos y privilegios de una minoría que traiciona la nación. Esa minoría ni es patriótica, al exportar empleos y ganancias tributable. Tampoco es ética al comprometer a políticos electos y nombrados para aprobar e implantar leyes que les enriquecen y eximen de cumplir con sus responsabilidades como el resto de los ciudadanos. 

En Estados Unidos tampoco son fieles a los preceptos religiosos que se ufanan en abrazar cuando discriminan contra la mujer por su derecho a decidir sobre su propio cuerpo, contra los que escogen amar a quienes le aman sin mediar género o estatus conyugal, y contra los que llegan a sus fronteras huyendo de la pobreza y la violencia, por el mero hecho de no ser blancos.

Lamentablemente para los que creemos que el sistema está viciado en contra de los asalariados y a favor de los empresarios y los financistas, estas elecciones serán determinantes de las posibilidades de la nación de rescatarse a sí misma en el corto plazo. 

Se le ha permitido a esta clase adinerada controlar el gobierno "del pueblo, para el pueblo y por el pueblo" como lo llamó Lincoln, para aumentar sus réditos y no responder a sus responsabilidades contributivas. Estas subvencionan el desarrollo de nuevos productos y oportunidades de inversión. Sus exenciones de billones de dólares en ganancias podrían renovar sus propias tecnologías y la infraestructura del país, que se queda rezagada ante tantos otros países desarrollados. 

Mientras, se dolariza la educación, la salud y la vivienda a través de la banca, impidiendo que millones de estadounidenses puedan salir de la pobreza con las mismas herramientas y reclamos de excepcionalismo que la nación tanto ha cacareado la distingue de los demás países del mundo, la desigualdad social convierte al país en una especie de apartheid económico con claros rasgos raciales y etnocéntricos.

Para los que creemos que el propio sistema se puede renovar y, sin renunciar al derecho a la propiedad privada y la libre empresa, como han hecho los países nórdicos, puede crear una sociedad más justa para todos sus ciudadanos, el cambio no vendrá. Incluso, corremos el peligro de que se entronice la oligarquía en que se ha convertido el gobierno, en contubernio con las más grandes corporaciones, inoculado de todo reclamo ciudadano por un Departamento de Justicia, un Senado y un Tribunal Superior abiertamente o inclinado a respaldar un estado totalitario y fascista. Las acciones del presidente, el secretario de Justicia y el Senado, crean las condiciones para que estalle una guerra entre sus propios ciudadanos. El estado que surgirá, si Trump revalida, está condenado a fracasar no sin antes destruir sus no pocas virtudes como nación al ceder ante todos sus vicios y sus peores instintos y acciones discriminatorias y criminales.

A pesar de mi preferencia personal a favor de las ideas de Bernie y Warren, el Partido Demócrata, en parte por el compromiso de su propio establishment con los enormes intereses que se lucran del sistema, y en parte por su temor de que el contubernio entre Putin y Trump resulte en que Bernie no se convierta en el presidente #46, la contienda será entre Biden y Trump.

Favorece a Biden su apoyo entre los negros que conforman una tercera parte del electorado y entre los latinos que favorecieron a Bernie en primarias y que no favorecerían a Trump. Favorece a Biden la crasa ignorancia, falta de escrúpulos y conducta criminal de Trump que cada vez más estadounidenses reconocen. Favorece a Biden la "rabia" que entre 50% y 80% de los encuestados tras las primarias expresaron que Trump les causa.

Favorece a Biden que el alto porcentaje que respalda a Bernie lo hace preocupado por un sistema de salud que Trump se empecina en continuar saboteando, mientras favorece a aseguradoras y farmacéuticas (¿$8 billones para la vacuna contra el Coronavirus?).

Favorece a Biden la absurda e irresponsabilidad de Trump al arrebatarle los fondos para manejar pandemias al CDC por el solo hecho de que lo estableció Obama, aunque acaba de culparlo por el brote del virus tres años después de Obama salir de la presidencia y dos de que Trump cancelara su proyecto antipandemia. Favorece a Biden que el Coronavirus continuará expandiéndose y los Estados Unidos se encuentra alarmantemente desprevenidos y desprovisto de científicos, recursos hospitalarios y médicos, y sin suficientes profesionales de la salud para atender una epidemia que al 4 de marzo ya contaba con 11 casos en Nueva York.

Favorece a Biden el posible apoyo de Europa, mediante inteligencia sobre las finanzas del presidente, las denuncias de sus ciudadanos y la opinión pública global. Favorece a Biden que la pandemia diezmará la cadena de suministros de China, el principal productor de artículos de consumo del mundo y uno de los principales importadores de productos agrícolas de Estados Unidos. 

Favorece a Biden que la economía de que tanto falsamente se ufana Trump es la mejor de su historia, comenzará a decrecer a medida que los ciudadanos dejen de consumir, el principal motor de una economía de servicios. Los Estados Unidos no producen (o producen significativamente para empresas extranjeras) la mayoría de los productos que consume por decisión de las propias empresas estadounidenses que sehan llevado fábricas y empleos (y las ganancias que allá generan) a otros países para abaratar costos e incrementar ganancias.

Favorece a Biden que las mujeres, los negros, los latinos, las personas con impedimentos y los que practican el tercer amor, en su mayoría no es que no apoyen a Trump sino que lo detestan y temen por su futuro y hasta su vida, si sale reelecto.

A Trump le favorece el fervor racista/religioso de su base que, como fiera acorralada, ataca a todo el que percibe como amenaza a su hegemonía, a su mayoría poblacional, a su reclamo de que Estados Unidos es una nación euro-descendiente y que los únicos verdaderos "americanos" son blancos, preferiblemente anglosajones y protestantes. Todos los demás son vestigios de un pasado que ha invisibilizado (esclavitud y Jim Crow, desplazamiento de indios y mexicanos) por supuestamente arrebatarles sus empleos e ingresos, y que resienten por su amplia presencia en los medios. 

Sin embargo, no parece importar el hecho de que los inmigrantes realizan las labores que los blancos no quieren hacer, que los de segunda y tercera generación proporcionalmente se educan más que los blancos pobres, que se esmeran más pues saben que no tienen los mismos derechos y oportunidades, y que se han convertido en un segmento consumidor tan poderoso que los medios de comunicación cada vez más los contratan para asegurarse el consumo de sus pares.

La desigualdad económica es la raíz de todo mal social. Sin embargo, el racismo es la raíz de todos los males que enfrentan los Estados Unidos, los económicos, los educativos, los de salud, los de vivienda, los de violencia y los de justicia social. Al negar este hecho, se trasladan los males sociales a micro-escenarios que ignoran sus verdaderas razones de ser y se trata de individualizar problemáticas que en realidad son sociales y requieren soluciones complejamente colectivas.

Las elecciones del 2020 representan la batalla entre una democracia desesperadamente necesitada de renovarse y una oligarquía totalitaria empecinada en volver a los vicios de su pasado.

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