Cezanne Cardona Morales

Tribuna Invitada

Por Cezanne Cardona Morales
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"Bienaventuradas las empleadas de la limpieza"

En esa calle no hay ningún árbol de la familia saúco. Pero están ellas. Siempre. Por las mañanas. De pie frente a los portones de las casas esperando a que el dueño les abra. A veces son tres, otras cuatro. He llegado a contar hasta seis “buenos días” cuando nos cruzamos calle abajo.

Nunca he visto a los dueños de las casas darles los buenos días; simplemente salen en reversa en un Mercedes, o en un Jaguar, o en un Audi, y ellas entran. “¿Es que el botón automático de la ventana del auto está dañado o es que no las pueden ver por culpa de las gotas de rocío que amanecen en el cristal del auto?”, me pregunto cínico.

Cuando hay mucho tráfico o salgo más tarde, no las veo. Entonces camino más lento y miro hacia dentro de las casas a ver si puedo saludarlas. Pero ya se han vuelto invisibles. Y me preocupo.

¿Quién irá tras su auxilio si se caen o se intoxican con cloro? ¿Acaso sus jefes les pagan plan médico? ¿Seguro social? ¿Retiro? ¿La hora de almuerzo?

¿Será que a Marx se le olvidó incluirlas en “El Capital”? ¿Será que el sacerdote los domingos no lee esa parte de la Biblia que dice: “Bienaventuradas las empleadas de la limpieza porque de ellas será el reino de los cielos”?

Me tranquilizo y pienso en los cuentos de Lucia Berlin: “Manual para mujeres de la limpieza”. Los releo solo para encontrarme con ellas: con el eterno adiós pañuelo en mano, con el calor abrasivo de los detergentes, con la alegría de las mesas cuando sienten su sombra, con la cosquilla del suelo por las escobas, con los nidos de pájaros en sus manos.

En esa calle no hay ningún árbol de la familia saúco. Pero están ellas.

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Pensé en todos aquellos escritores que practicaban la natación, no para recordar el peso de la tierra, sino precisamente para olvidarla. El poeta Lord Byron, aquejado de una lesión en el tendón de Aquiles, nadaba para olvidar su cojera y cruzó el Bósforo, al norte de Turquía, sin rastro de dolencia. El checo Franz Kafka solía nadar en la Escuela Civil de Natación, en la isla de Sofía, para olvidar la vergüenza que sentía por su cuerpo. En sus “Diarios”, bajo la fecha del 2 de agosto de 1914, Kafka anota: “Alemania declara la guerra a Rusia. Por la tarde, me fui a nadar.” En una entrevista, el colombiano Héctor Abad Faciolince, autor de “El olvido que seremos”, dice: “Nado para que nada me afecte, nado para estar solo.” Para el poeta argentino Héctor Viel Temperley nadar era la mejor forma de rezar. El misticismo de su poema “El nadador” es evidente cuando dice: “Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada / Tuyo es mi cuerpo”.

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