Eduardo Lalo

Isla en su tinta

Por Eduardo Lalo
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Billetes muertos

En días recientes se propuso la reconfirmación de los siete miembros de la Junta de Control Colonial. Este cuerpo controvertido y extravagante, inscrito en un contexto legal prácticamente sin precedentes, se acerca a cumplir su primer término con un historial incierto e incluso escandaloso. Su jerarca mayor, Natalie Jaresko, recibe un sueldo equivalente al del tercer primer mandatorio mejor pagado del mundo, y los gastos de representación legal del cuerpo colegiado, habrían superado ya los 100 millones de dólares. A esto debe añadirse sus dietas y escoltas, sus viajes, su numerosa empleomanía. Todo ello es costeado por el gobierno en bancarrota de un país al que asfixian con innúmeras medidas de austeridad.

Recientemente, un miembro de una organización con sede en Washington me relataba los viajes de Jaresko a esa ciudad y la compra (o contratación) por ella de cabilderos claves para los designios de la Junta. El relato tenía la ambientación de una realidad alterna. La escena pudo ocurrir en el espacio impoluto de un laboratorio o en los despachos inaccesibles de un banco. Puerto Rico ha perdido su humanidad e historia y se ha convertido en un expediente.

Mientras tanto, el gobernador y su gobierno atraviesan un prematuro periodo de desgaste e inanición. Tanto estos como la Junta son rehenes de su ideología. Ninguno posee logros que mostrar. El país sigue igual o peor, pero el gobierno y la Junta andan por encima (o por debajo) de la autocrítica y la reflexión. Sus camisas de fuerza ideológicas los convierten en perros de Paavlov de los dogmas de la macroeconomía. Por ello dan palos a ciegas, acuciados por lo inmediato, sin demostrar comprensión de los problemas y causas de fondo tanto económicas como políticas. En el mapa de sus mentes tienen zonas tabús. Imposible para ellos adentrarse en los barrios de la colonialidad puertorriqueña: en su falta de hegemonía, en la incapacidad de tomar decisiones económicas, en la imposibilidad de establecer vínculos y acuerdos internacionales, en lo que representan los impuestos imperiales que constituyen las Leyes de Cabotaje y el mercado cautivo del consumo puertorriqueño. Toda esta abyección se acepta sin un pentañeo y se opta por vivir en un sector reservado para tecnócratas con control de acceso, carros blindados y escoltas. En la práctica, el gobierno y la Junta han puesto en marcha un sistema de mantengo de sí mismos: de ahí sus sueldos exhorbitantes, sus gastos de representación de potentados, sus contrataciones con cláusulas de salida de ensueño, sus múltiples grados de separación con aquellos que no pertenecen al clan.

Para los demás, para ese nosotros fraccionado y diverso, permanecen las fechas ominosas y extrañamente móviles en las que se agotarán los fondos de la tarjeta de salud o se reducirán las pensiones; los días en que cerrarán los organismos, instituciones y proyectos, la última jornada de nuestra contratación, el día en que habrá que entregar las llaves de la casa oel carro, la semana en que se acabará el mundo conocido y habitual. Atemorizada de este modo desde hace años, la ciudadanía va haciéndose insensible e incrédula. ¿Si estamos tan mal como nos dicen, porque a ellos con sus salarios de sultanes, con sus carros blindados y escoltas de príncipes, con sus viajes y comidas en restaurantes de primer orden, puede irle tan bien? ¿Si la cuenta está en rojo, cómo se entiende el sueldo de Jaresko y compañía y las facturaciones ilimitadas de sus consejeros?

A esta altura de los términos del gobierno y de la Junta nada parece haber cambiado y, lo que es más grave, nadie parece haber cambiado. Para ambos la ruina y la quiebra del país siguen siendo estrambóticos motores de desarrollo económico selectivo y privado.

Sin embargo, parece que de cuando en vez por las oficinas de los jerarcas pasa algún contable, porque esta semana se anunció que la Junta ha decidido demandar a 230 suplidores del gobierno. Apremiados por una fecha límite, la Junta decidió demandar en bloque, sin investigar o evaluar previamente. Tiró una red y capturó por igual peces gordos y especies protegidas, haciendo una razzia indiscriminada, feroz y ciega que demuestra por igual su prepotencia y su inclinación a la improvisación. En absoluto tomó en cuenta las consecuencias que producirá esta acción para los demandados que deberán incurrir en gastos e inciertos procesos legales.

Parecería que hay que conseguir recursos de donde sea porque los desembolsos de gobierno y Junta son demasiados y en esas zonas de talento concentrado la austeridad se desconoce. En un país dependiente, cuya colonialidad niega cualquier posibilidad real de desarrollo propio y sostenible, la riqueza hay que extraerla de la gente y sus propiedades. Los salarios, las pensiones, la tierra, las edificaciones, la venta del patrimonio y los recursos naturales, la privatización o eliminación de instituciones, la cancelación de servicios, la desaparición de municipios y dependencias constituyen el motor de generación de capital. Agotada la carne, se muelen los huesos.

Desde hace años, en una emisora de radio, un hombre vende dinares y otras monedas de economías catastróficas del mundo. A veces ora, pero siempre imita a un pastor evangélico y promete la salvación. Esta se conquista enviándole un giro postal a un apartado de correos. Así se compran cantidades inverosímiles de dinares, rupias y otras monedas de países lejanos y empobrecidos. Una inversión de 100 dólares asegura la estratosférica cifra de docenas de trillones de dólares de Zimbabue que han sido sacados de todo sistema financiero. Pero esto no importa, afirma el hombre que acompaña con aleluyas un recitado de “noticias” de fuentes nunca nombradas, que aseguran de que está pronto a ocurrir el milagro de transformar un montón de billetes inservibles en una montaña de dólares.

Este hombre es más que una metáfora. Crudo y burdo, cruza con descaro las fronteras del fraude y labusconería. Sin embargo, es lo que más se parece al gobierno y a la Junta. Los tres ofrecen soluciones fantásticas, cínicas, que no toman en cuenta las consecuencias en los demás. Sus gestiones se basan en una fe falsa y la habilidad para manipular.

El presente y el futuro de Puerto Rico está actualmente en manos de hombres y mujeres que intercambian nuestra riqueza por dinares. Colón intercambiaba oro por cuentas de vidrio. Una vez comenzada, la Conquista no termina. Si lo que queda es la ruina y la bancarrota, de estas habrá que aprovecharse. El país se compra en dinares. Pronto tendremos en los bolsillos billetes muertos.

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