Edgardo Rodríguez Juliá

Puertorro Blues

Por Edgardo Rodríguez Juliá
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¡Boicot!

La Junta de Supervisión Fiscal compite con el más que centenario problema del estatus en provocar la proliferación de tonterías promulgadas por nuestra “opiniocracia”. Pero ninguna como la del benemérito juez federal Juan Torruella.

En aparición como orador ante el Colegio de Abogados, en septiembre pasado, el juez del Primer Circuito de Apelaciones del Tribunal Federal incitó a la creación de un movimiento de “resistencia civil”. ?¿Lo hemos visto antes?? Y, ¡boicot económico! Los patriotas del Colegio de Abogados aplaudieron a rabiar. El único consuelo es que al lado de otras propuestas, ¡como la de la lucha armada!, su exabrupto resulta más asunto de su edad que calentura de los tiempos.

Si bien es cierto que el independentismo, el autonomismo y la llamada “sociedad civil” han recurrido a la Corte Federal para invocar el esporádico liberalismo de esa corte, también resulta imposible olvidar cómo esa misma corte juzgó por partida doble a Pedro Albizu Campos, irónicamente auxiliado, como solitario testigo de reputación, por su mentor, el norteamericano Charles H. Terry.

El juez Torruella siempre tuvo fama de estadista incondicional, a un amigo le gustaba repetir el chiste de que Don Juan se arropaba con la bandera americana y por la mañana contaba las estrellas. Ya de viejo se ha vuelto excéntrico, y algo desmemoriado, ¿dónde estaba cuando los arrestos y encarcelamientos provocados por la “resistencia civil” para sacar la marina de Vieques? ¿Dónde estaban entonces las opiniones libertarias y liberales de nuestro juez? Aun así, el independentismo colegiado aplaudió con entusiasmo.

No me cabe la menor duda de que el Juez Torruella leyó, hacia septiembre, la biografía de Gandhi. Fue el boicot al monopolio de la sal mantenido por los ingleses el comienzo del camino a la independencia de la India, movimiento asistido por la resistencia civil y pacífica, algo así como el Tea Party hindú. Un boicot sería el ejemplo a seguir, según el Juez Torruellas, para descolonizar a Puerto Rico, liberarlo del oprobio y la humillación de la ley federal Promesa.

Y uno se pregunta, y con todo respeto, ¿estaría dispuesto el juez federal a esa resistencia civil, ?quizás desobediencia? junto a Oscar López? ¿A qué renglón de nuestra economía estaría dirigido el boicot? ¿A nuestro consumismo cautivo o a nuestra dependencia económica? Siendo la venta de automóviles uno de los indicadores de la estabilidad económica de Puerto Rico, deberíamos empezar por ahí, ¡boicot a la venta de automóviles! No solo mejoraríamos las condiciones de nuestras carreteras, sino que gastaríamos menos en construirlas locamente, para satisfacer, a la larga, nuestra ambición de inmovilidad vehicular. Si esto no provoca suficiente entusiasmo entre el público consumidor, ¿por qué no empezar por las cadenas multinacionales?

Si el boicot al consumismo resulta poco apetecible para las ansias por el último televisor HD producido en México, pasaríamos al boicot más oneroso para el tesoro de Estados Unidos, nuestro rechazo a los beneficios federales de bienestar público y alimentación como WIC y el PAN. Si no, entonces a las quebradas agencias que sostienen la tarjetita de la Reforma, los fondos casi agotados Obamacare, el Medicare y el Medicaid. Don Juan es un anticolonialista de guayaberón que olvida aquella sentencia gringa de que el bebé no puede botarse con la cuna.

Y es que la Estadidad que él defiende, ese modo de descolonización, se ha fomentado no como una reivindicación de derechos ciudadanos sino como la “redención” de unos vales coloniales. De la misma manera que “redimimos” los “rewards” en farmacias, aquí nos “redimimos” cobrando no los derechos sino los vales de una ciudadanía de consumo en un mercado cautivo.

Lo imagino sentado frente al Capitolio, en un acto de resistencia y desobediencia civil contra el estado colonialista. Empiezan los macanazos y lo que fue resistencia y desobediencia civil se ha vuelto violencia de estado, porque algo que tenía claro Gandhi es que el propósito de la desobediencia civil es provocar la violencia del estado. Se llevarán ante la Corte Federal los casos de crueldad policiaca y el American Civil Liberties Union ejecutará el litigio. A Don Juan le habrán roto la chola, de un macanazo. Es su Promesa.

Pero no hay nada truculento en la resistencia hasta ahora vista a Promesa. Se vislumbra más una temporada en las lamentaciones que en los estallidos. Tanto el gobierno de García Padilla, como ahora el de Rosselló, han preferido los rituales puertorriqueños de la pelea monga y la lucha a cuchillo de palo como modo de resistencia, obstruir con opacidad el reclamo de transparencia de la Junta en lo que se refiere, por ejemplo, a los estados auditados del gobierno, solicitar prórrogas para la suspensión de litigios y el reflejo condicionado de nuestra política, es decir, echarle la culpa de las dificultades actuales a la administración anterior. Otra táctica es fijar en el papel lo que se sabe es letra muerta o intención con ninguna voluntad política, aunque clara estrategia electoral, ¡nada de despidos en el gobierno! a la Fortuño. O la clase dirigente puertorriqueña sigue en negación o la Junta ya ha tirado la toalla, en cuyo caso los entendidos con los bonistas mediados por la Junta, al resultar imposibles, nos llevarán, de nuevo, a esa inescapable Corte Federal, el territorio del Juez Torruella, ahora avasallada por cientos de demandas de cobro.

Una frase que hemos adoptado, de los eufemismos en los tiempos de Trump, es hablar de “los más vulnerables”, es decir, los pensionados, los pobres, los beneficiarios del Medicaid, los estudiantes universitarios. La apuesta es que esa resistencia civil, que tanto desea nuestro juez federal, vendrá precisamente de los estudiantes de esa institución desmoralizada que es la Universidad de Puerto Rico. Siempre a mitad de camino entre el desempleo diplomado y la irreflexión que fomenta la subsidiaridad de las becas Pell, son los estudiantes los llamados al grito de Torruella. Y nunca es lo mismo llamar a la indignación que verla llegar.

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