Miguel Feliciano

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Por Miguel Feliciano
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“Boom” de industrias creativas puertorriqueñas

Ante la amplificación de la crisis nacional, social y económica en la isla luego del huracán María, la participación ciudadana juvenil ha propiciado una revolución expresiva a través de producciones culturales, intelectuales y simbólicas. En ese sentido, nuestros artistas y gestores culturales constituyen un activo que produce tanto oficio como movilización colectiva y sentido de comunidad e identidad colectiva en la juventud. 

Lo vemos en artistas gráficos o muralistas que llenan de mensajes, imágenes y tipografías peculiares nuestro entorno; cineastas y “performeros” que desde algún tipo de pantalla o fuera de ésta representan puertorriqueñidad; músicos y compositores que producen y accionan ritmos y sonidos que mueven personas. Así, las artes escénicas, han sido para la nación puertorriqueña la plataforma ideal para plasmar nuestra propia voz, estilo, estética, política y poética. 

Existen esfuerzos diarios que se han transformado en movimientos en sí mismos, dadas sus raíces en la autogestión y las alianzas transectoriales. Tomemos por ejemplo “El Marañejo”, una comunidad auto convocada y creada por un grupo de músicos jóvenes que por años han prescindido de plataformas, indicadores o planes formales, insistiendo que el momento correcto para presentar sus propuestas y actos de buena calidad es ahora. 

Bandas independientes como Los Bronson, Fernando Madera, Nutopia, Sr. Langosta, Émina y Baba Gris conforman el movimiento. Su gesta demuestra que el alcance de este tipo de proyectos no yace solo en la astucia empresarial de nuestros gestores y embajadores culturales, sino también en la habilidad de politizarnos como ciudadanos para viabilizar un intercambio cultural que priorice el enriquecimiento colectivo y el empoderamiento comunitario.

La tenacidad de exponer el talento y trabajo arduo de productores culturales y crear así un ambiente premeditado en cualquiera sea el espacio disponible para la gestión artística representa, en parte, la ventaja liberadora y enriquecedora de las industrias culturales. Según la UNESCO, estas industrias continuarán en crecimiento ya que propician un ecosistema de posibilidades infinitas, cuyo valor social está directamente vinculado al contenido y los productores de éste. 

La generación de la crisis de los 10 años ha encontrado una voz en sus representantes y ambientes creativos como único espacio existente para hablar las verdades en tiempos en que todo alrededor grita confusión y mercadeo poético o político. Después de todo, la música es tanto un fin, como un medio para hacer país.

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