Cezanne Cardona Morales

Tribuna Invitada

Por Cezanne Cardona Morales
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Brigadoon boricua

Fábula de la invisibilidad, “Brigadoon” es un musical de Broadway hermano de nuestro mejor existencialismo folclórico. Llevado al cine por Vicente Minnelli, en 1954 y disponible en DVD, “Brigadoon” cuenta la historia de dos cazadores —interpretados por Gene Kelly y Van Johnson— que se pierden en un bosque de Escocia y se topan con un pueblo que no está en los mapas.

Parábola de la conformidad, el pueblo de Brigadoon aparece entre nieblas solo una vez cada cien años. Por mala puntería o por constipación del decorado, los cazadores llegan justo el día en que el pueblo se hace visible, y allí son recibidos con sorpresa hospitalaria.

Y es que los brigadoonenses conforman una población idílica, pastoril y apacible; no existe entre ellos un ápice de conflictos tribales ni resentimientos bíblicos o shakesperianos, y hasta para ir al baño —exagero— cantan y bailan. Así, entre canción y telas de cuadros escoceses, surge una elegante bailarina llamada Fiona —interpretada por Cyd Charisse— que romperá el corazón de más de un cazador. Pero ella no sabe que su pueblo vive anclado 200 años en el pasado, tampoco conoce ese verso de Quevedo: el amor es nuestra mejor guerra civil.

Leyenda catedrática o pastoral —me disculpo por la tautología— en Brigadoon solo una persona sabe por qué el pueblo no aparece en los mapas. El señor Lundie es quien único conoce el secreto y les relata a los cazadores el origen de Brigadoon. Cuenta que, en medio de una oscura amenaza que se cernía sobre el pueblo en 1754, el párroco del lugar imploró a Dios por un milagro: que hiciera desaparecer el pueblo. Y así sucedió. La única condición para que Brigadoon no se esfume para siempre es que ninguno de los habitantes abandone el pueblo en ninguna circunstancia. Así que el cazador enamorado tendrá que decidir: se lleva a Fiona y el pueblo desaparece, se queda para siempre en ese lugar preso del amor o se marcha triste con su ego de gorrión baleado.

Ensoñación apolínea o dietética, “Brigadoon” es un musical que no empalaga porque sus canciones no son memorables o porque su fábula es más fuerte que su música. En un país tan hollywoodizado como el nuestro, “Brigadoon” cae como anillo al dedo, especialmente para los que no podemos pagar las entradas del “Hamilton” de Lin Manuel. De hecho, nos recuerda Javier Marías -de quien tomo prestada la anécdota- que “Brigadoon” no es la única fábula de nuestro tiempo. Allí están las “Siete novias para siete hermanos” de Doren, los “Horizontes perdidos” de Frank Capra y “El hombre que pudo reinar” de Huston.

Sin embargo, “Brigadoon” parece imitar mejor el heroísmo turista de nuestra truculencia ciudadana. Ya lo decía Aristóteles en su “Poética”: somos más honestos cuando imitamos.

Simulación leal, “Brigadoon” triunfa y abrevia estos tiempos, tal vez porque se ajusta muy bien a nuestro delirio isleño: construir repúblicas imaginarias. Parece que ya no necesitamos ser una república independiente porque cada cual tiene la suya, a pedir de boca.

Gracias a la república soberana de los estadistas —defendida a golpes de fondos federales—, del teatro cultural de los populares, del pañuelo de los independentistas, de la consistente república deportiva y de ese país temporal que confecciona la Navidad y las Fiestas de la Calle San Sebastián, llevamos años perfeccionando el método brigadoonense. Método salvífico o condenatorio, nos defendemos construyendo países en la cocina, en la salud, en el empresarismo, en las redes sociales, y en la música. Nada malo en ello. Pero no nos llamemos a engaño: lo que parece unidad no es otra cosa que un espejismo de larga duración. Tal vez dure 100 años más o se acabe mañana. Pero lo cierto es que mientras no llegue el final, solo nos queda este país-remedio: ¡Bienvenidos a Brigadoon!

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