Mirelsa Modestti González

Punto de vista

Por Mirelsa Modestti González
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¡Buen viaje, Walter querido!


Sumergida entre decenas de carpetas enormes, llenas de fotos antiguas, busco imágenes para compartir con el público que leerá Veldolaguerías, la colección de anécdotas que estoy publicando sobre mi mamá, Velda González. Entre los cientos de fotos de todas las épocas, el rostro perfecto de Walter Mercado se asoma una y otra vez. Lo encuentro arrodillado, sosteniendo sus manos mientras ella dibuja en el aire un perfecto arabesque con su pierna izquierda. Lo veo vestido con un elegante traje negro, mirándola preocupado, mientras ella le cuenta no sé qué dramático dilema producto de la pluma de Celia Alcántara. Los veo bailando juntos, vestidos de gitanos; rostro con rostro, mano con mano, en esa comunión de almas que solo conocen quienes han danzado juntos, hecho música juntos o amado juntos durante mucho tiempo.

Eran Walter y Velda (en aquella época, él le decía Welda y ella a él, Valter), la pareja principal del Ballet de Madame Herta Brauer. Comenzaron a bailar juntos en el Ballet Universitario y Madame Brauer fue la primera en advertir la afinidad que había entre ambos. “Ustedes son almas gemelas”, pronunció en una ocasión, no sé si a modo de observación o de sentencia, y así fue siempre. 

En una ocasión, contratados para un show en El Escambrón, ensayaban un baile cuando una coreógrafa argentina recién llegada, Leonor Costanzo, los observaba. “¿Ustedes me permiten que les ayude un poquito? Es una belleza lo que bailan ustedes, pero es ballet clásico. Esto es un show tipo cabaret”. Y de ahí surgió una amistad para toda la vida y un nuevo concepto de baile para aquella pareja: se adentraron en el “baile de carácter”. 

Podían pasar años sin verse, pero si uno atravesaba por algún momento difícil, ahí aparecía el otro. Cuando murió doña Aida, su mamá, la mía dejó todo lo que estaba haciendo para ir a acompañar al protagonista de sus «pas de deux», porque bien que sabía el golpe que aquello significaba para él. Cuando murió mi papá, una de las primeras llamadas que se recibió en el hospital fue la de Walter. Hablaban de temas actuales, de viajes astrales, se ponían al día de la vida de cada uno y, sobre todo, reían juntos recordando anécdotas y momentos vividos. Cuando ella murió, él se expresó consternado, pero insistió en que la muerte es una falsedad. 

Luego de tantos meses rescatando vivencias de mi madre para compartirlas con su pueblo, no puedo menos que estar de acuerdo con Walter. No existe la muerte donde viven los recuerdos. ¡Buen viaje, Walter querido! Nos quedamos con tu paz y con tu "mucho, mucho amor". 


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