Manuel G. Avilés Santiago
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Burbuja o “Infoxicación”

Vivir las crisis desde la distancia es un ejercicio doloroso y frustrante. La dependencia de las redes sociales como espacio de mediatización de información y emociones hace del proceso uno más duro. Me pasó con el huracán, y sucede igual con la crisis en el gobierno insular.

Hablemos de la sobre-información de la des-información. Ya no solo se trata de lidiar con rumores sino con la producción y circulación organizada de noticias falsas. Decenas de pseudo-agencias noticiosas se dedican a fabricar notas sin fuentes confiables, sin la debida investigación, y muchas veces, sin autor o fecha de publicación. Desde supuestas salidas de la isla en jet privados, falsas alarmas de arrestos a funcionarios, y hasta el borrador de una carta de renuncia fueron algunas de las informaciones fraudulentas que circularon.

A esto, se le suma un centenar de noticias viejas las cuales se levantaron de entre las cenizas digitales y encontraron su oxígeno en la crisis. Algunas, desempolvadas con el objetivo de recordarnos que la corrupción no es exclusiva de esta administración, otras estratégicamente compartidas para distraer la atención de este particular, y otro puñado que circula porque, sencillamente, la gente no lee más allá del titular.

Pero de entre la fatiga intelectual causada por la infoxación, también resalta la fatiga emocional producto de la frustración y desasosiego con aquel familiar, ser querido, amigos y conocidos, cuyas ideas y opiniones distaban de las nuestras. Cuestionamos las posturas de algunos, criticamos la reacción tardía de otros, y nos indignamos ante el silencio de muchos. Así mismo, alardeamos de las purgas digitales, momento en el cual eliminamos de nuestras redes a todo aquel o aquella que pensara diferente. Yo lo hice, y me arrepiento.

Y es que si algo demostró este movimiento ha sido la importancia de trascender el maniqueísmo y encontrar puntos de encuentros en los desencuentros. El borrar gente de nuestras redes porque no piense como nosotros es insertarnos, nuevamente, en un circuito cerrado de ideas: una burbuja muy parecida a esa estructura que tanto hemos criticado, el partido político.

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