Luis Yarzábal

Punto de Vista

Por Luis Yarzábal
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Búsqueda de un tratamiento eficaz contra el COVID-19

El mundo ha quedado muy impresionado con la rapidez y eficacia de Corea del Sur y China, para controlar la pandemia del COVID-19. Entre las medidas más efectivas se encuentran una temprana identificación de contagiados, el aislamiento y seguimiento de estos y sus contactos, y la política de distanciamiento social. En ambos países también se utilizó exitosamente la cloroquina, un medicamento usado durante décadas para el tratamiento y profilaxis de la malaria. China incorporó ya la cloroquina como un antiviral en sus directrices para el tratamiento de la neumonía causada por COVID-19. 

En el sureste de Francia también se hicieron pruebas con un derivado de este medicamento, la hidroxicloroquina, en un estudio conducido por el respetado médico e investigador científico, Didier Raoult, de la Facultad de Medicina de Marsella. Los hallazgos de Raoult y su equipo sugieren que la hidroxicloroquina puede ser un tratamiento efectivo para formas graves del COVID-19. En Marsella administraron 600 mg de esta a pacientes cada 24 horas durante 10 días y los monitorearon para detectar interacciones farmacológicas y posibles efectos secundarios. El estudio muestra que la administración de hidroxicloroquina en combinación con el antibiótico azitromicina, efectivo contra infecciones pulmonares bacterianas, conduce a resultados mejores. La combinación produjo una aceleración rápida y efectiva del proceso de curación y una disminución real del tiempo de contagio. A los seis días, entre los pacientes que recibieron esta terapia, el porcentaje de casos que todavía portaban SARS-CoV-2 era menor a 5%. 

En Estados Unidos se está investigando la hidroxicloroquina en ensayos clínicos avalados por la Federal Drug Administration (FDA) y los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) para la profilaxis y el tratamiento de pacientes con COVID-19 leve, moderado y grave.  

La cloroquina y la hidroxicloroquina bloquean la entrada del virus en la célula e inhiben su metabolismo, lo cual interfiere con la capacidad del virus para replicarse. También reducen la respuesta inflamatoria perjudicial desencadenada por el virus. Ello puede resultar en la mejora clínica de pacientes y un control más rápido de la pandemia.

El debate está encendido. Por un lado, muchos científicos argumentan que no hay suficientes estudios clínicos para sugerir la adopción de estos fármacos como antivirales en la lucha contra la enfermedad COVID-19. Pero la pandemia sigue progresando, y está llevando al colapso de los sistemas sanitarios y causando muertes que pudieran ser evitadas. Europa y Estados Unidos no han logrado controlar la expansión del contagio a pesar de las restricciones y las cuarentenas que han impuesto. Estamos frente a un dilema real, ético, científico y clínico.  ¿Qué pesa más, optar, como ya se ha hecho en algunos países, por no entubar a enfermos muy graves mayores de 65 años, lo que equivale a aceptar su inevitable muerte, o intentar el tratamiento con cloroquina o hidroxiclorina?

Por otro lado, recurrir a estos medicamentos plantea cuestiones prácticas. ¿Cómo evitar que la gente vaya por cuenta propia a comprarlos, reduciendo los inventarios para quienes tienen enfermedades crónicas y los necesitan? ¿Cómo evitar que la población tenga acceso a ellos y quiera tomarlos sin supervisión médica?

Coincido con que los estudios realizados hasta ahora no cumplen con todos los requerimientos científicos para utilizar nuevos fármacos. Sin embargo, la cloroquina y la hidroxicloroquina no son nuevos y cumplieron cabalmente los requerimientos para uso humano hace mucho tiempo. Eso fundamentó su uso generalizado en la quimioprofilaxis y el tratamiento de la malaria. Su amplia utilización y adopción para tratamiento de otras enfermedades inflamatorias crónicas hace que los médicos conozcan bien sus propiedades. Como toda droga, pueden tener efectos secundarios que exigen vigilancia. 

Los cardiólogos han levantado una voz de alerta en relación a la cardiotoxicidad (síndrome de QT prolongado) en el uso de estos fármacos, sobre todo en pacientes con disfunción hepática o renal e inmunosupresión. Evidentemente, hay que tenerlo en cuenta y contraindicar estos medicamentos cuando corresponda.  Por eso, esta estrategia terapéutica solo debe utilizarse bajo estricta supervisión médica.

No se trata de permitir, y menos promocionar, el uso generalizado de este fármaco. Pero no sería ético quitar a los pacientes graves la alternativa de utilizar medicamentos que pueden mejorar su condición clínica, bajar la carga viral y salvar su vida. 

Estamos ante un dilema complejo que necesita resolverse con urgencia. La Universidad Johns Hopkins ha generado una guía de orientación clínica para el uso de estos fármacos que su hospital está utilizando desde ayer.  Nos parece un instrumento útil para guiar las decisiones que deberán tomar los países en los próximos días o semanas.  Estos fármacos pueden ser parte del instrumental de una estragia integral para luchar contra la pandemia.  Son baratos, no tienen patentes activas, y se pueden producir muy fácilmente. Utilizándolos junto con la identificación precoz de infectados, su aislamiento total y seguimiento riguroso, así como el distanciamiento social generalizado, debemos poder vencer esta amenaza.


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