Silverio Pérez

Tribuna Invitada

Por Silverio Pérez
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Caballo de Troya

Los puertorriqueños, de ingenio irremediable, hemos convertido la emigración de miles de boricuas a los Estados Unidos en un Caballo de Troya que ha penetrado los muros inaccesibles de la fortaleza republicana. Y más temprano que tarde tomaremos ese bastión. Ojalá. Como saben, o deben saber, cuando gracias a Dios se nos obligó a leer la Odisea de Homero -escribí Homero, no Romero, esa odisea no ha sido escrita aún- supimos cómo los griegos de la edad de bronce escondieron soldados en una enorme estructura de madera que obsequiaron a Troya por haberlos vencido en la guerra que habían librado. En la noche, los soldados salieron del caballo y tomaron la ciudad, provocando así la caída del imperio troyano.

Las elecciones de medio término que se celebrarán en los Estados Unidos en noviembre, en las que el imperio troyano de Donald Trump aspira a prevalecer, a pesar de su irracional ejecutoria, puede ser el momento oportuno para que esos guerreros boricuas, voto en mano, salgan a tomar la ciudad. Trump nos ha atacado de forma más despiadada que los troyanos a los griegos. “3,000 puertorriqueños no murieron en los dos huracanes que azotaron a Puerto Rico”, escribió olímpicamente en su cuenta de Twitter a las 5:37 minutos de la mañana del 13 de septiembre de este año reduciendo la tragedia de nuestro pueblo a su obsesiva pelea con los demócratas a los que no les pudo ganar el voto popular en las elecciones de 2016. Con razón, muchos han tomado esas declaraciones como una ofensa a la memoria de los muertos por María.

Al presidente Trump no le importó la advertencia que le hizo cinco días después de María el Secretario de la Defensa, Jim Mattis, de que el potencial fallo de la respuesta federal a la emergencia ocurrida en Puerto Rico e Islas Vírgenes podía desembocar en una crisis humanitaria. Su reacción fue venir a Puerto Rico a tirarnos papel toalla y a tomarse selfies con aquellos que le rieron las gracias. Sus expresiones ofensivas, en el sentido de que Puerto Rico le estaba saliendo muy caro a su bolsillo, y otras, implicando que nuestra pereza era el problema principal para levantarnos de la desgracia, fueron ampliamente reseñadas en la prensa de los Estados Unidos y tildadas de racistas por muchos. También está documentada la disparidad en el trato a los que sufrieron el embate de María versus la forma inmediata y desprendida en que se manejó las emergencias ocasionadas por recientes fenómenos atmosféricos en territorio estadounidense.

Más allá de lo que personalmente el troyano presidente nos ha hecho, su desprecio por la prensa, por los derechos de la mujer, por los inmigrantes, por los niños, y por todo lo que la humanidad ha batallado para construir una mejor sociedad, es razón más que suficiente para que cada puertorriqueño salga a votar -y para eso tiene que inscribirse primero- y ayudar de esa forma a que las elecciones de noviembre sean un detente a esta poderosa irracionalidad que habita debajo de la cabellera anaranjada de Trump.

Lo peor que pueden hacer los puertorriqueños es quedarse en casa e ignorar la urgencia del momento histórico que vivimos. No se trata ya de Estados Unidos o Puerto Rico; se trata de la sobrevivencia de la raza humana. Y, como decían en mi campo, “lo más peor” es trasladar a ese campo de batalla las luchas chiquitas de la politiquería puertorriqueña. Esa contaminación del “quítate tú pa’ ponerme yo” boricua es lo único que puede explicar que hayan boricuas, incluyendo mujeres que ocupan cargos de alto relieve, haciendo campaña a favor de Trump en la Florida y otros estados.

Nuestro enorme Caballo de Troya ya está en la banda allá. Falta ahora que los puertorriqueños se reconozcan como guerreros y salgan a dar la batalla. ¡A la carga!

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