Antonio Quiñones Calderón

Punto de vista

Por Antonio Quiñones Calderón
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Cadáveres exquisitos y virus productivos

Preguntaron en una ocasión a Mahatma Gandhi:

“¿Cuáles son los factores que destruyen al ser humano?”.

Respondió: “La política sin principios,

 el placer sin compromiso,

la riqueza sin trabajo,

la sabiduría sin carácter,

los negocios sin moral,

la ciencia sin humanidad

y la oración sin caridad”. 

A principios de la década de los años 1960 italianos estalló la cruel guerra liderada por el clan de los Corleoneses (por la región de Corleón donde actuaba, cerca de Palermo), que incluyó en su orgía de sangre los asesinatos de jueces, carabineros (policías y soldados) y periodistas. Se adjudica a uno de sus más violentos y cínicos capos, Salvatore Runa, jactarse de los muertos que acumulaba a su paso, describiéndoles como “los cadáveres exquisitos”. Era, por entonces, la más perversa manifestación del comportamiento torcido de aquellas escorias humanas que prevalecían a golpe de atentados, horror y sangre sobre la sociedad de aquellos días.

Angustia el espíritu tomar nota de que –muchos años después de aquella perversidad y de aquel cinismo sin límites que no valoraba la más sagrada de las libertades, la vida humana– estemos rodeados en nuestro patio de personajes como un tal Juan Maldonado y el otro tal Robert Rodríguez, celebrando, en una manifestación de absoluta barbarie, la “productividad” del letal virus que se ha enseñoreado a lo largo del globo, sin exceptuar a nuestro pueblo. “Para que tú y Evelyn (¿la esposa de, o qué de quién?) celebren con nosotros. El virus fue productivo”, comunicaba Maldonado a Rodríguez la noche del jueves 26 de marzo. ¿Quién o quiénes han disfrutado de la “productividad” del virus? Ciertamente no las familias de más de 120 puertorriqueños cuyas vidas habían sido tronchadas hasta ayer por el virus (para la noche del mensaje se habían reportado las primeras seis muertes), como tampoco la han disfrutado las familias de los 2,866 otros seres humanos que han tenido que batallar entre nosotros (muchos siguen batallando) con los estragos dejados en sus cuerpos por el COVID-19. Tampoco las de los 323,286 seres humanos fallecidos a causa del virus ni las de los cerca de 5 millones de infectados en el mundo.

Entonces, ¿quiénes disfrutaban –o esperaban disfrutar– la “productividad” de esa plaga mortífera que no discrimina por edades, género, condición social y económica o geografía? Esperaban disfrutarlo Maldonado y Rodríguez. Este último celebraba el anuncio de su par, respondiéndole: “Demasiado de muchos millones para un solo puertorriqueño. ¡Felicidades!”. Gracias a la agudeza de un funcionario del banco al que fueron a parar los primeros $19 millones (del total de $38 millones) que se querían tumbar al pueblo de Puerto Rico, la “productividad del virus” que esos personajes se aprestaban a comenzar a disfrutar (con mascarilla y guantes, imagino), se esfumó. Estaban infartando ambos.

Quién sabe si Maldonado y Rodríguez leyeron alguna vez al fundador de la dinastía Rothschild, quien se jactaba de proclamar: “Dadme el control del dinero y ya no importará quién hace las leyes”.

Quiero pensar –y aguardaré por los cercanos próximos desarrollos de este dantesco drama vivido por nuestro pueblo– que el dictum de Meyer Amsfeld Rothschild no tiene vigencia en Puerto Rico. 

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