Héctor Luis Acevedo

Punto de Vista

Por Héctor Luis Acevedo
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Cada voto cuenta

El alcalde de New York David Dinkins deseaba presentarme como el nuevo alcalde de San Juan ante la Liga Nacional de Ciudades y en su entusiasmo dijo que yo había ganado por 29,000 votos. Le pasé una nota de inmediato señalándole que eran “29, David 29, out of 250,000”. Se bajó los espejuelos para leerla de cerca y dijo en voz bien alta “man what a landslide”. La audiencia estalló en risa y mis amigos alcaldes del PNP disfrutaban el momento en especial.

Pedí el micrófono y contesté “David, 28 more votes that I needed” y Dinkins dijo “now you see why he won” y me dieron mi aplauso.

Lección: uno gana por un voto. Y ese voto puede ser el suyo.

En Estados unidos se decidió la presidencia en el año 2000 por menos de 600 votos, en Puerto Rico la gobernación por menos de 4,000 en 1980 y 2004, el control de la Cámara de Representantes en 1980 por 9 votos, la Alcaldía de Aguas Buenas por cinco votos y en las pasadas elecciones las alcaldías de Cataño y Aguas Buenas por menos de 100 votos.

Cuando uno no vota le regala su voto proporcionalmente a los que votan.

El sistema electoral en Inglaterra, Estados Unidos, India y Puerto Rico entre otros pueblos usa el sistema mayoritario, gana el que tenga más votos. En los sistemas proporcionales se usa otra fórmula.

El sistema mayoritario tiende a concentrar los votos en los últimos días de una elección en las dos alternativas que se perciben como las principales. Ese se conoce como el “voto útil” pues el electorado se mueve a donde su voto sea decisivo. En ocasiones las terceras alternativas son decisivas en elegir los candidatos menos deseados por ese mismo electorado como sucedió en Florida en el año 2000 y la candidatura de Ralph Nader.

Los resultados y procesos anteriores tienden a justificar la aplicación de esa tendencia en Puerto Rico.

Los partidos minoritarios y candidaturas independientes consistentemente sacan menos votos que las peticiones que sometieron en apoyo de su inscripción. Claro, esto ocurre en la medida en que el electorado percibe sus opciones y no existan otros factores de crisis que puedan intervenir.

Otro factor es la dilución del poder público en alternativas individuales frente a las colectivas. Lo vemos a diario en el llamado desgaste de los partidos. Aparte de los escándalos, veo una ola creciente de distanciamiento de las instituciones muy peligrosa, pues el país necesita acción concertada para salir de sus crisis.

Los partidos con sus virtudes y defectos rinden funciones vitales en la democracia: reclutan a los candidatos y funcionarios, formulan programas de gobierno, armonizan intereses opuestos, integran los diferentes sectores de la población y permiten acciones rápidas y ejecución de decisiones colectivas. Hay que reflexionar cómo mejorar sus resultados y reclutamientos, pero debilitarlos o abolirlos, me parece, conduce a mayores problemas de gobernabilidad.

La dirección de no tomar acciones valientes no se soluciona quitando la facultad operacional de hacerlas, sino mejorando la responsabilidad de tomar decisiones.

Ejemplo de esto lo tenemos en nuestra historia donde el manejo ejemplar del presupuesto, el usar ingresos no recurrentes para gastos no recurrentes fue la norma. No es por falta de maestros que nos hemos descarriado. La fiebre no está en la sábana. Profundicemos antes de llegar a conclusiones, pues si el diagnóstico es equivocado la solución lleva la probabilidad de serlo.

Yo por mi parte, temprano junto al sol, cumpliré con mi derecho y mi deber votando el 8 de noviembre íntegro en mis tres papeletas por el Partido Popular Democrático.

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