José Curet

Tribuna Invitada

Por José Curet
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Cambio

Desde la antigüedad mucho y muchos han discutido sobre los cambios políticos y sociales. A las preguntas sobre cuándo o cómo se produce el cambio, el filósofo Heráclito respondió que “no podemos bañarnos en el mismo río dos veces”, pues, como quien dice, todo fluye y cambia constantemente, como las aguas del río. Y como prueba de que toda controversia tiene su contraparte, Aristóteles sentenció en algún lugar: “El hombre siempre tiende al reposo”, es decir, al inmovilismo.

Esas preguntas, lejos de ser retóricas, han vuelto a surgir nuevamente hoy día cuando se tratan de analizar los cambios políticos y sociales recientes. Surgieron así, días atrás, mientras conversaba con el amigo y colega Carlos Arnaldo Meyners a través de su programa radial donde analiza problemas contemporáneos. Se conmemoraba para esos días la caída del muro de Berlín; luego llegaría la distensión, y dos años más tarde desaparecería la antigua Unión Soviética.

Para mostrar que todo cambio no es permanente, discutíamos también los eventos recientes en Ucrania. Allí en unas elecciones el año pasado se votó mayoritariamente por ingresar a la Unión Europea, de la cual Rusia no forma parte. Y como si quisiera regresar al tiempo de su antigua hegemonía, Rusia incorporó Crimea a su territorio y sigue apoyando a grupos rebeldes que luchan por cobijarse dentro del manto de la antigua Unión Soviética.

También Israel dio por terminada la operación Margen Protector en Gaza, donde hubo más de 2,000 víctimas, muchos de ellos niños. La paz pareció asomarse como arcoiris entre nubarrones. Los gobiernos de Suecia y España se comprometieron a reconocer y apoyar la creación del estado de Palestina. Pero la violencia ha vuelto a florecer en Jerusalén en estos días. Ahora Israel discute extenderle su ciudadanía exclusivamente a quienes profesen el judaísmo, convirtiendo a muchos allí en marginados. Una vuelta otra vez al pasado, a los tiempos cuando religión y estado estaban unidos.

En otros lugares, como en el norte de África donde cuatro años atrás brotó la Primavera Árabe, hoy ha vuelto a imponerse el otoño de los militares. Y el reloj de la Historia vuelve a dar marcha atrás, cuando en ciertas partes de Oriente Medio se intenta instaurar un califato y vemos a diario escenas de violencia escarnada, como cenizas brotadas del pasado.

De alguna forma, en medio de la discusión de esos temas internacionales en el programa, acabamos por aterrizar para discutir los cambios en Puerto Rico. Pero al expresar una observación, que todos los cambios significativos en nuestro país habían venido de arriba e impuestos muchas veces desde afuera, fue como si hubiese caído un bólido del espacio en medio de la tertulia. Dónde habían quedado el pensamiento crítico y el análisis impartido en el salón de clase, parecían cuestionarme los participantes.

Ahora, a la luz de los hechos recientes y pasados en nuestro política me reafirmo una vez más en esa observación: los cambios profundos en nuestra política, lamentablemente, casi siempre se han visto frustrados por obstáculos internos, al parecer infranqueables. No sólo es el problema del estatus y la relación con la metrópoli, territorio no incorporado. Todavía estamos en el mismo lugar y con el mismo lenguaje con el cual lo definiera Tribunal Supremo en 1904.

Los esfuerzos por implantar la unicameralidad y cambiar ese absurdo sistema impuesto en 1917, a imagen y semejanza del sistema federal norteamericano, han tropezado siempre con la misma piedra de la inmovilidad. El impuesto de la “crudita” quizá se cocine un poco más, pero acabará pareciéndose a aquella otra “vampirita”. La propuesta reforma al Código Electoral, ha sacado a relucir la intención de desbancar de carrera a los partidos emergentes. Y se podrían seguir añadiendo más temas, como la descriminalización de posesión de algunas drogas, la legalización de relaciones de parejas del mismo género y otros más.

Pero no basta con diagnosticar los problemas que día a día nos aquejan. Así como en la antigüedad los filósofos discutían y proponían, a veces a riesgo de sus propia vida, nuevas visiones, faltaría hoy que algo de ese pensamiento crítico para brindar luz y voluntad para transformar la fibra social.

Casualmente, en estos días se cumplen treinta años de la muerte del filósofo francés Michel Foucault. No cuento aquí con el espacio ni con las destrezas epistemológicas para analizar a fondo su pensamiento. Pero recuerdo que al leer algunos de sus libros y entrevistas tiempo atrás, una sola frase suya cambió mi forma de ver y entender el mundo: “El poder penetra los cuerpos”. Un poder entendido no sólo como autoridad que impone leyes, vigila y castiga, sino como una fuerza casi invisible que rige nuestros pensamientos y acciones.

En el siglo pasado, Muñoz Rivera usó una metáfora poética para comparar nuestras luchas políticas a las de Sísifo, aquel gigante mitológico quien no bien intentaba subir una piedra a una montaña, volvía verla caer: “Sobre tus hombros echarás la mole/ …aplica el hombro a su gigante masa…Todo inútil. Los monstruos le acometen… medita y vuelve a comenzar”.

Ahora habría que empezar por reconocer esa mole del poder para luego aunar voluntades y escalar la montaña del inmovilismo. Y quizá así pueda lograrse en su momento que se produzca el cambio.

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