Luis Alberto Ferré Rangel

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Por Luis Alberto Ferré Rangel
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Cambio de juego

En esta primera semana laboral del año y aún con el sopor de las festividades navideñas, Puerto Rico se ha dado con una realidad muy cruda: el estado de inseguridad social en que vivimos.

La austeridad fiscal y la inestabilidad social que ha causado el huracán María ya está comenzando a manifestarse en los asesinatos a plena luz del día, en la violencia contra la mujer y los niños, y hasta en la muerte silenciosa por sobredosis de opiáceos reseñada en exclusiva por este diario.

Es de esperar que las autoridades federales expresen su preocupación y que los subordinados al secretario de Seguridad Pública y los ciudadanos en general pidan la expulsión de Héctor Pesquera de su cargo.

Poco se logrará con ello. Esto no se trata de mover las fichas del tablero de ajedrez, de lo que se trata es de cambiar el tablero. Después de Pesquera vendrá otro, y otra, y otro: y los problemas serán los mismos porque el asunto es uno profundo, sistémico, complejo y requiere estrategias integradas y de largo plazo.

Estas son manifestaciones de una situación más profunda que afecta a Puerto Rico: una crisis ética con ramificaciones sociales, institucionales y económicas. Ellas reflejan la cultura de inequidad que expone a más de la mitad de los ciudadanos a condiciones de extrema vulnerabilidad. Demuestran la necesidad de generar soluciones desde distintos frentes que involucran a todos los sectores de nuestra sociedad.

Pero las iglesias, el sector privado, la academia, los sindicatos, las organizaciones sin fines de lucro, el gobierno central y municipal trabajan aisladamente y de manera inconexa con la problemática social que se agudiza cada día.

Hay que preguntarnos si estamos atendiendo el problema en su raíz. La respuesta es que, si lo estamos haciendo, es de una manera fragmentada e ineficiente porque no estamos integrados todos los sectores en una estrategia común de bienestar social.

La violencia de género, la drogadicción y la criminalidad encuentran terreno fértil en procesos educativos, sanitarios y de seguridad deficientes, basados en la inequidad. Golpean más a unos que a otros por género, por capacidad o ritmos de aprendizaje, por origen geográfico, racial o socioeconómico. Revelan, también, una cultura de gobierno empantanada en el conformismo, el machismo, la prepotencia, la corrupción y la indiferencia.

La innovación y el emprendimiento social tienen que ir dirigidos a atender las raíces de la desigualdad y de la falta de movilidad social. Y comienza con un cambio de mentalidad y de acción.

En mi columna pasada mencioné ejemplos de los primeros dos objetivos de las metas globales establecidas por la ONU: erradicar la pobreza y mejorar la nutrición. El tercer objetivo aspira a, entre otras metas, promover la salud mental y el bienestar, fortalecer la prevención y el tratamiento del abuso de sustancias adictivas, incluido el alcohol y lograrla cobertura sanitaria universal.

El cuarto busca garantizar una educación inclusiva, equitativa y de calidad, y promover oportunidades de aprendizaje durante toda la vida, para todos. Eso incluye educar para asumir estilos de vida sostenibles, promotores de los derechos humanos, una cultura de paz y no violencia, la ciudadanía mundial y la valoración de la diversidad cultural.

Y el quinto, propone lograr la igualdad entre los géneros, empoderar a mujeres y niñas eliminando todas las formas de discriminación y violencia contra ellas en los ámbitos público y privado.

¿A cuántas mujeres y jóvenes podríamos salvar si estos objetivos guiaran las políticas públicas? Podemos empezar adoptándolos individualmente, que nos sirvan como una de nuestras guías de acción.

En lo que eso pasa, Puerto Rico tiene capacidades y recursos para adelantar soluciones desde el sector privado, las organizaciones sin fines de lucro y las comunidades. Y así como se levantan en la isla nuevas generaciones de empresas exitosas, la innovación y el desarrollo empresarial y tecnológico tienen un inmenso potencial de propiciar también las transformaciones que ofrezcan con equidad y un alto sentido ético, salud, prosperidad y paz para todos y todas.

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