Mara Fernández

Tribuna Invitada

Por Mara Fernández
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Caminando por La Rambla

Como de costumbre me levanto y miro el teléfono. Veo la alerta “Ataque en Barcelona” y voy directo a abrazar a mi madre querida. Agradecida como nunca de estar con ella en casa.

Con un taco en la garganta y un nudo en el estómago, recuerdo que hace apenas dos días paseábamos por La Rambla, en Barcelona. Fácilmente pudimos ser víctimas ella y yo, atropelladas por la guagua blanca que dejó tantos muertos y heridos en ese hermoso paseo.

Con las maletas todavía a medio vaciar en mi cuarto y acabando de llegar de un viaje de ensueño, al ver las noticias, mi mente no paraba de lamentar las palabras que le dije a mi madre en La Rambla: “Esto se presta para un ataque con una van”. Ella lo descartó de inmediato como algo que no iba a pasar.

Qué nauseas me da recordar esas palabras que hoy son una terrible realidad.  En nuestro primer día en Barcelona mi madre graciosamente estaba preocupada por un grupo muy pequeño que está en contra del turismo y ha atacado autobuses con visitantes.

¡Y vaya que hay turistas en Barcelona!

Hay que hacer fila para todo. Para ver los puntos turísticos usuales, como la Basílica de la Sagrada Familia y el Parque Güell, hay que hacer cita por hora debido a la cantidad exhorbitante de turistas.

El día que salí de París, justo antes de tomar el vuelo a Barcelona, hubo un ataque a unos policías en las afueras de la ciudad luz.

Era mi primera vez en Barcelona, la segunda de mi madre. Tan pronto llegamos al hotel, ella me dijo “vamos a La Rambla, a caminar hacia la playa. Vamos a ver el mar”.

La Rambla es un camino bien ancho, probablemente uno de los más visitados, más repletos de gente en Barcelona. Comparable con la avenida Campos Elíseos en París y Times Square en Nueva York.

Mi madre le preguntó a dos de los pocos policías que había, en comparación con el gentío, cómo llegar al puerto. Nos dijeron que siguiéramos hasta el final y que si no parábamos, igual terminábamos en el agua.

Ella les preguntó si estábamos en peligro por ser turistas y nos respondieron que estabámos seguras. Pero que si por ellos fuera se podían llevar a todos los turistas, “excepto a ustedes dos”.

Sonrientes lo seguimos, ahí le digo a mi madre: “antes que nos ataquen unos catalanes, nos atropella un radical con una van. A la verdad que esto se presta para eso. Hay muy pocos policías”.

Esa noche hacía más calor que en Puerto Rico, de tanta gente que había. Nos tomó como media hora caminar por el paseo repleto de tiendas, restaurantes, cafés, kioskos e inmigrantes que venden lo que sea sobre mantas con tal de sobrevivir.

Ahora lo que pensé sobre el ataque y que mi madre atribuyó a un nerviosismo injustificado, me sigue persiguiendo.

En París vi los Campos Elíseos cerrados por completo, con puntos de cotejo de seguridad, donde chequeaban persona por persona, cartera por cartera, para dejar entrar a la avenida. Estaba bloqueda al estilo militar, con los policías portando armas largas. Parecía una ocupación de guerra.

Me hospedé cerca de los Campos Elíseos e iba a comer a un restaurante que tenía vista al Arco del Triunfo. Ese domingo que cerraron la avenida y vi la seguridad extrema. Pensé, ¡Dios mío, un ataque terrorista!

No era mi primera vez en la zona, pero fue impresionante. No podía dejar de mirar el punto de cotejo en la tierra de la “libertad, igualdad y fraternidad” ni disfrutar el monumento. Lo triste fue que el mesero me dijo que ya era una norma en París. Una lamentable realidad europea.

Primero me chocó lo que veía como un exceso de seguridad. Pero luego, en Barcelona me sorprendió la poca presencia policiaca en comparación con París y Madrid. Con esa imagen en la mente caminaba por La Rambla. Lamento haber tenido la razón. Y mi madre, como si nada, pensando que estaba exagerando.

Hoy estamos bien, en casa. Como dicen: “prestados en este mundo”. Humanos, todos vulnerables. Agradecida a la vida por las oportunidades y bendiciones que me ha dado.

Un fuerte abrazo a Barcelona. Gracias por una experiencia tan hermosa. Que el terror jamás les paralice el corazón. Que crezca el amor y les levante de este golpe más fuertes que nunca. Y para el resto, aprieten fuerte a sus seres queridos, porque estamos con vida y podemos.

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