Caridad Álvarez

Punto de vista

Por Caridad Álvarez
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Caminar hacia adentro de nosotros mismos

Son tiempos difíciles. La población mundial lo ha constatado de manera trágica. La vida es lo más preciado que tenemos y se pone en jaque una noción a la que vivimos de espaldas, pues pocas veces reflexionamos en torno a lo que nos duele: no somos inmortales. Hoy nos hemos despertado con una nueva conciencia. Para vivir, para subsistir, no solo dependemos los unos de los otros, sino que debemos hacerlo, de momento, aislados.

Los gobiernos nos piden el aislamiento social y accedemos convencidos porque parece ser lo más acertado para frenar la propagación de la pandemia. Extrañamos vernos y abrazarnos; compartir los espacios públicos que amamos: la playa, el parque, los restaurantes, las iglesias, las plazas y las calles donde se libran batallas por el bien común (y Puerto Rico recientemente dio cátedra al mundo de cómo se batalla sin violencia, o con poca).

Miguel de Unamuno, escritor español de la llamada generación del 98, escribió uno de los ensayos a los que más recurro en los trajines de la vida. No hay curso de lengua o literatura que imparta donde no busque integrarlo. Como ocurre con la buena literatura, esta obra rebasa los confines de una época específica. Unamuno escribe en “Adentro”: “Solo en la sociedad te encontrarás a ti mismo; si te aíslas de ella no darás más que con un fantasma de tu verdadero sujeto propio. Solo en la sociedad adquieres tu sentido todo, pero despegado de ella”.

Sin embargo, la verdadera síntesis del ensayo invita al interior del alma humana. El epígrafe lo confirma, con el aforismo de San Agustín al inicio: “in interiore homine habitat veritas” (en el interior del hombre habita la verdad).

Ante la imposibilidad de ir hacia afuera, al encuentro con los otros, hoy se nos impone una tarea, tal vez, más ardua: caminar hacia adentro de nosotros mismos.  En ese universo interior, hemos de encontrar la esencia de nuestra humanidad. Sabremos que allí nos habitan, en distintas moradas interiores, pensamientos y sentimientos disímiles. Oiremos con insistencia los ecos de nuestras fortalezas, pero también de nuestras debilidades. El miedo gemirá por un lado; la serenidad y la paciencia cantarán por el otro. El tedio y el cansancio se asomarán por una ventana; pero por la otra el genio de la creatividad los esfumará. El deseo de rendirnos se apoderará de la casa interior y el amor fraterno la liberará. La espina de la desesperanza nos lastimará, pero un pétalo de futura mirada sanará la sangrante herida. Y al final de la dolorosa travesía hacia adentro, se hará claro que debíamos abandonarnos por amor, a nosotros mismos y a los demás.  

Cuando todo haya pasado, resurgiremos de nuestro interior. De adentro hacia afuera. Abriremos la puerta y nos encontraremos. Nuestras miradas serán distintas; nuestros ojos, iluminados de interior, señalarán una nueva ruta. Y nos haremos a la mar. En la otra orilla, haremos una fiesta grande, la más grande de todas, porque habremos constatado, a fuerza de dolor, que solo el Amor nos salva.

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