Wilda Rodríguez

Tribuna Invitada

Por Wilda Rodríguez
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Camino al paro general

Cristina se levantó a las seis de la mañana, se bañó, se puso la ropa interior y fue a hacerse el café con falda, blusa y zapatos en mano.

Abrió la nevera y suspiró. Con eso no llegaba al próximo cheque.

El próximo cheque, pensó, mientras miraba por la ventana al matrimonio vecino que entre risas practicaban consignas bajito por un megáfono, mientras montaban neveritas y pancartas en el carro.

Ella sabía para donde iban. La Milla de Oro. Se lo había explicado Graciela mil veces.

–Chica, falta y vente con nosotros. Total, estás a punto de quedarte sin trabajo. Llevas años como empleada transitoria. No esperes milagros. Por lo menos esgalíllate con nosotros y te vas a sentir mejor.

Sonrió. Nada la iba a hacer sentir mejor. Su marido ya se había ido para Florida y no encontraba trabajo. Los nenes se los había tenido que llevar a los abuelos porque no podía cuidarlos sola, ni llevarlos y buscarlos a la escuela, ni ayudarlos con las asignaciones, ni alimentarlos bien. Los cupones se los entregó a su mamá para que completara con los de ella y comieran mejor.

Sonó el teléfono. Era su madre.

–Cristina, los nenes dicen que no tienen clase porque los maestros no van hoy. ¿Tú los vienes a buscar y me das un respirito? Tu papá está muy mal con lo de que nos van a recortar la pensión y hace dos días que no se mueve del sillón. Me tiene preocupada.

Cristina prometió salir temprano y buscarlos.

Se vistió mientras la cafetera hacía lo suyo. Sonó el teléfono. Su marido.

–Cristina… tengo que regresar. No me queda nada que buscar aquí. Se me acabó todo lo que traje. Allá por lo menos estamos juntos.

–No sé dónde porque estamos a punto de perder la casa.

–Podemos vivir en los altos de los viejos.

–¿Estás loco? Me muero si tengo que escuchar los reproches de tu madre todos los días.

–Pues algo tenemos que hacer y aquí no es.

Se querían. Todavía se querían. Eso ayudaría.

–Dale, coge el primer vuelo. Dios aprieta pero no ahoga.

Enganchó y se echó a reír. ¿No ahoga? Pues esto se parece mucho a una soga en el cuello.

Prendió la radio. Ya los tapones estaban en todo su apogeo. Los manifestantes se movilizaban de todas partes de la isla. Los reporteros entrevistaban gente que no podían llegar a su destino y estaban bajando todos los santos del cielo.

–Esto es una pocavergüenza. Me están violando mis derechos. Ojalá venga la Fuerza de Choque y les rompa la crisma – gritaba airado un señor al que el reportero le decía repetidamente: – Sí, lo entiendo, pero suélteme el micrófono.

Apagó la radio.

– ¡Cristinaaaaaa! Vente con nosotros, chica, estás a tiempo. Nos vamos en quince.

Sonó el teléfono.

–Cristina… soy Laura. ¿Tú tienes un hermano que se llama Ramón Sánchez Colón?

–Sí.

–¿Que es independentista?

–Sí.

–Pues la jefa está en brote. Me acaba de llamar para decirme que tu hermano es un comunista sucio que está dando declaraciones en la televisión. Dijo que su hermana era una empleada en Hacienda con un puesto transitorio hacía seis años y que la iban a botar la Junta y Ricky. Dedujo que eres tú. Ten cuidado cuando llegues hoy a la oficina. La tipa está bien “crispy”.

Cristina abrió la nevera y sacó la poca leche que le quedaba. La puso a calentar y se calzó los zapatos.

Miró la ollita donde la leche se separaba en pedacitos y soltaba agua.

Cristina restralló la olla en el fregadero con una palabrota deportiva. La emprendió a puños contra la nevera.

Entonces, lanzó un grito sordo y profundo:

– ¡Gracielaaaaaaaaaaa! Espérame que me voy con ustedes.

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