Chu García

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Por Chu García
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Carlos Correa: mucho talento y poca agresividad ofensiva

Es realmente difícil encontrarle un defecto a Carlos Correa, de los escasos peloteros con las llamadas cinco herramientas, que no es otra cosa que polivalencia total.

Sin embargo, cada vez mantiene más viva su falta de agresividad en el plato, con tendencia pasiva, como si le interesara más un pasaporte que romperle las costuras a la pelota con la fuerza de sus muñecas.

En la postemporada, en la que se ponchó 27 veces, casi siempre con sliders, lanzamiento que ya los ‘pitchers’ saben que es su talón de Aquiles, e igualmente conocen que gusta de pasar envíos por el centro de la goma, lo que le obliga a caer detrás en el conteo, contrario a sus compañeros Springer, Altuve, Bregman, Gurriel, Brantley, Reddick y hasta el novato cubano Yordán Álvarez, de apenas 22 años, fajones por naturaleza.

Se podría creer que Correa ha dosificado su combatividad por miedo a seguir lesionándose, estando ausente en 87 partidos de la fase regular, más que todo por su escasez de elasticidad en sus espaldas y a una fractura en las costillas mientras recibía un masaje en su hogar, algo rarísimo para alguien al que le están tonificando el cuerpo entero.

No empece a que vio acción en solamente 75 encuentros, conectó 22 cuadrangulares y remolcó 59 carreras, pero con igual cantidad de ponchetes, aunque en la defensa del jardín corto estuvo impecable: solo dos errores y 176 asistencias.

Muchos expertos abogan que su tendencia a lastimaduras obedece a la velocidad que se mueve como siore con su estatura de 6-4, y que sería razonable su cambio a la antesala tal como sucediera con Alex Rodríguez, que mide 6-3, y anteriormente con Cal Ripken, igual de alto que el boricua. No comparto esta apreciación: Corey Seager, por ejemplo, mide igual que él, además de que en el tercer cojín las reacciones son más veloces, particularmente para la banda y es obvia la posibilidad de contusionarse.

Me parece, sin dudas, que su carencia de combatividad podría aminorar sus ingresos millonarios, ya que no es aquel toletero que guerreaba con el madero en sus manos; y lo que es peor: no se incomoda cuando llega el tercer strike y se marcha impávido al dugout.

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