Chu García

Tribuna Invitada

Por Chu García
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Carlos Ortiz, mago del ring

Un par de hermanos, Harold y George Toppel, fundadores de Pueblo Supermarkets en 1960, asentado el primero en la Avenida Roosevelt, en Puerto Nuevo, fueron la fuerza económica que permitieron a Bob Leith, que fungió de promotor, para que se lograra el debut de Carlos Ortiz, en San Juan, noqueando al cubano Douglas Vaillant, en el asalto 13, en abril de 1963 con el Hiram Bithorn lleno hasta sus techos.

Vaillant, que se suicidó en Miami, en 1985 a los 47 años, ya había perdido por decisión unánime con Ortiz, en 1961.

Ortiz, de hecho, empezó sus entrenamientos en el gimnasio del Escambrón, que era el cuartel de trabajo de Saso Betancourt, a quien yo ayudaba como timekeeper en los asaltos de prácticas de sus peleadores, que incluyó al dominicano Teo Cruz, que le destronó por fallo dividido en junio de 1968, en el Estadio Quisqueya, lo que se consideró un veredicto localista.

Sin embargo, Ortiz conquistó la gloria con el manager Bill Daly, apodado The Honest, y quien fue socio de los mafiosos Frankie Carbo y Blinky Palermo, encarcelados en los inicios de los sesenta por extorsionar peleadores en la zona este de Estados Unidos.

Daly, que sería gurú de Don King, protegía tanto a Ortiz que guardaba en el baúl de su automóvil la báscula ajustada para que su pupilo siempre pesara 135 libras, cuando en realidad rondaba siempre las 140.

En sus cinco ceremonias de pesaje que tuvo Ortiz en su patria, se utilizó la sudodicha romana sin oposición de los comisionados locales.

Daly, que tenía de ayudantes a Larry Cruz y Ralph Hernández, montó una tintorería en la Parada 22 en Santurce, que llevaba el nombre de Carlos Ortiz, dando a entender que era su propietario para aumentar las ventas.

Para mí, Carlos era una copia exacta del estilo de Sixto Escobar, con idéntica guardia y combinaciones, dotado de una izquierda rápida en jab y una derecha potente en rectos.

El millonario Nelson Rockefeller, exvicepresidente estadounidense, lo admiraba tanto que lo invitaba anualmente a vacaciones pagadas en el hotel Dorado Beach, que era de su propiedad.

En fin, que nunca amasó una fortuna y trabajó de taxista en Nueva York, pero fue una joya que brilló por calidad, y el auxilio de Daly no hubiese sido necesario.

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