Juan Antonio Ramos

Lo que tengo que decir

Por Juan Antonio Ramos
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Carniceros

La policía encontró en un terreno baldío del municipio de Río Grande, 43 bolsas plásticas conteniendo restos de perros que fueron masacrados. No es la primera vez que las autoridades se topan con un hallazgo de esta naturaleza.

El paseo

Esa noche salieron de la casa a dar un paseo y Dante, contrario a su costumbre de corretear en círculos, se mantuvo muy cerca de su amo. Walter se fijó en este detalle pero guardó silencio. Caminaron calle abajo. En el primer recodo los esperaba un perro blanco que los observaba sin ladrar. Dante, contrario a su costumbre de saltar sobre cualquier animal que se atravesara en su camino, se mantuvo sereno, sin apartarse de Walter. Éste notó que el perro blanco los siguió a paso lento. El jubilado trató de ignorarlo, pero cuando divisó el perro pinto a unos cuantos metros de distancia, se puso tenso. “¿Qué amenaza podría representar aquel pobre sato?”, se preguntó el caminante. Dante permanecía a su lado, tranquilo, sin alterar el paso. Ahora el excartero era seguido por el perro blanco y el perro pinto. De repente, vio que al final de la calle surgían perros de todas partes, los cuales se agrupaban como si fuera una escuadra lista para atacar. Walter disminuyó el paso, casi frenó. Volteó la cabeza y se dio cuenta de que a los dos perros que los seguían se habían sumado unos cinco o siete. Paró en seco. Estaba rodeado de perros que lo asechaban con gruñidos y miradas asesinas. El corazón se le quería salir por la boca. Comprendió que no tenía la mínima posibilidad de escapar con vida. Empezó a temblar sin ningún control. Justo en ese instante, sintió que la lengua cálida de Dante le humedeció la mano. A continuación, los perros comenzaron a retroceder con la misma lentitud con la que habían avanzado. Walter giró la cabeza muy despacio, y para su asombro, comprobó que los perros habían desaparecido. Lo que acababa de ocurrir le pareció irreal. Un mal sueño del cual logró despertar. Su amigo le dio otro lengüetazo en la mano para reanudar el paseo. Walter no podía creer lo que su mascota le pedía. “¿Quieres seguir con la caminata como si nada hubiera pasado?”. Dante lo miraba impasible, con la lengua espumosa fuera de su boca. “¿De dónde salieron todos esos perros? ¿Por qué se fueron cuando tú me lamiste? ¿Qué rayos pasó aquí?”. Dante no le hizo caso y se puso a ladrar y a corretear en círculos, como era su costumbre cuando lo sacaban a pasear. Walter refunfuñó molesto y sintió deseos de regresar a su casa, pero no lo hizo, porque aquel perro loco y amoroso lo tenía dominado.

Horóscopo

Buscó su signo zodiacal. “El amor toca a tu puerta. No dejes escapar esta nueva oportunidad. Libera tus emociones y deja que tu corazón dirija tus pasos…”. Sonrió con amargura. Hizo una bola con la página del viejo periódico y la lanzó a la cuneta. Luego se acurrucó junto a su perro en la acera, y buscó el sueño.

Pipo

Le serví la comida a Pipo. No se la atragantó como un desesperado, que era lo que hacía siempre. Se regodeó. La olisqueó antes de probarla. Comió algo… pero dejó bastante. ¿Estaría cansado de la misma comida? Tendría que prepararme para lo inevitable. Pipo estiraría la pata en cualquier momento y yo no estaba preparado para ese temible desenlace. Me puse en cuclillas para hablarle.

“Debes olvidar todas las veces que te he deseado la muerte, sabes, sato asqueroso. No lo he dicho en serio. Debes saber que yo a ti te quiero como a un hijo. A veces pienso que te quiero hasta más que a Mónica y a Roberto, pero eso no está bien, porque tú eres un animal y se supone que no valgas más que ellos. Pero a lo que voy es que no quisiera que te murieras nunca”.

Sentí que se me quebró la voz. Pipo se acercó y me lamió la mano. Me faltó decirle que sufriría mucho cuando se muriera, pero no lo creí necesario porque él ya lo sabía.

Carniceros

El camión se detuvo en el tramo más oscuro de la carretera, a escasos metros de la valla de acero. Los ladridos de los perros eran enloquecedores. Varias sombras se movían sigilosas, ultimaban detalles, se ponían de acuerdo sobre lo que harían. Entreabrieron la compuerta. Agarraron al primer perro que asomó la cabeza. Dos hombres, con las manos y los brazos muy bien protegidos contra las mordidas, cargaron al animal que se retorcía, ladraba, rugía, pelaba los colmillos, y lo lanzaron al vacío.

El hombre salió de debajo del puente y avanzó en medio de la oscuridad, temeroso y mirando a todas partes. Lo que vieron sus ojos fue algo aterrador. Allí había montones de perros descoyuntados, reventados, ensangrentados, sin vida. De pronto, creyó oír un gemido. Sí. Uno se quejaba con un chillido apagado. Uno de aquellos infelices estaba vivo. Un ladrido histérico provino de bien arriba. De la carretera. El aullido se sostuvo en la caída prolongada hasta estrellarse contra los otros perros amontonados a dos pasos de donde se encontraba el deambulante. El animal estaba muerto. ¿Quiénes serían los salvajes? Creyó oír voces. Debía huir de aquellos monstruos antes de terminar como los pobres animales. El nuevo gemido lo contuvo. Las voces de los asesinos llegaban más claras. “¡Oye tú! ¿Qué demonios haces ahí? ¡Ahora vas a ver!”. El andrajoso viró, recogió al perro negro con el ojo destrozado, y corrió tan rápido como pudo.

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