Orlando Parga

Punto de vista

Por Orlando Parga
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Carrión III, Jenniffer y Trump


¡Murió papá!  Tenía unos seis años el 12 de abril de 1945 cuando el grito histérico de una señora me hizo correr al regazo de mi madre.  Después supe que aquella noche corrió en Puerto Rico la noticia sobre la muerte súbita del presidente Franklin D. Roosevelt y que en nuestra cultura colonizada la figura del Presidente de Estados Unidos adquiere connotación paternal; fuente de poder que da, otorga, concede o prohíbe y castiga.  Quizá eso explique el enigma de que cuando escribo en este medio usualmente despierto en las redes sociales variadas reacciones, hasta meterme con el presidente Donald Trump.  Ahí el patrón cambia: algunos exabruptos de republicanos del patio encolerizados con mi ‘anti-trumpetismo’, uno que otro tímido respaldo, pero inacostumbrado silencio de los que gustan manifestarse.  En el subconsciente colonizado, por más se lo merezca, hay timidez para caerle arriba al morador de Casa Blanca.

Estos días se juzga al presidente de la Junta de Control Fiscal federal, José Carrión III, por la grabación de un comercial de propaganda política ‘trumpetiana’ afirmando que el Presidente “ama a Puerto Rico y a los puertorriqueños”.  Al abordársele, Carrión contesta con simple lógica: “Que puedo decirte, es que soy republicano”.  Y a serlo, derecho tiene.  A lo que no lo tiene es a proyectarse nacionalmente como portavoz del sentir puertorriqueño sobre Trump.  Aunque muchos se lo guarden en cauteloso silencio, la mayoría de los puertorriqueños, incluidos gran parte de los que son afiliados republicanos de este territorio, aborrecemos la conducta y las acciones de este Presidente que no nos representa ni es nuestra concepción de la democracia americana.

Otra a la que se castiga públicamente por apoyar a Trump es la comisionada residente Jenniffer González, que además preside el Partido Republicano Nacional en Puerto Rico.  Conociéndola, apuesto que responde a su sentido de responsabilidad como única oficial electa puertorriqueña con algo de acceso a la turbulencia de la administración Trump.  Ese sacrificio de acallar convicciones personales no merece reproche sino agradecimiento.

Los tiempos cuando en la colonia territorial de Puerto Rico se veneró y hasta idolatró la figura del Presidente de Estados Unidos pasaron a la historia.  Como ninguno otro, Trump nos ha mostrado que esa lotería presidencial la deciden los que votan en los 50 estados de la Unión, y que, sin participar, de premio nos puede tocar el peor de los castigos.  Horrible pensar que por nuestra indolencia colonial un presidente como Trump inescrupulosamente decida enviarnos hijos y nietos a la guerra.

Los padres no se escogen, pero los presidentes se eligen.

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