Jorge Rigau

Tribuna Invitada

Por Jorge Rigau
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Carta a Gonzalo

Querido ahijado: ¿Qué decirte ahora que tus padres han decidido relocalizarse en los Estados Unidos, tomando una decisión cuya comprensión escapa por el momento a tu entendimiento? Con ocho años nada más, lo que ahora acontece en tu vida -este giro sorpresivo y definitivo- no lo comprenderás hasta ser adulto. En determinadas situaciones, las circunstancias, la gente y los países mismos (por ello nunca inocentes) empujan a la búsqueda de mejores oportunidades en otros lugares cuando parece no haberlas donde se está y, para colmo, más lejos se presentan mejores.

Hoy en nuestra isla resulta dura la determinación de quienes por voluntad propia optan por un paisaje diferente a aquél en que se criaron y en el que nacieron sus hijos. Hay que entenderlos. Puerto Rico no es para generaciones jóvenes lo mismo que fue para quienes las antecedieron. Este país de tanto bruto listo, aguzaos y aguajeros, mucho altanero, afrentaos y embusteros resulta más fácil de tragar para los que piensan que -como antes no era tan así- las cosas podrían mejorar. Quizás nos engañamos, pero a los mayores nos resultan difíciles los cambios súbitos de escenografía.

A la generación de tus padres la distingue una mirada más amplia, con vocación de aventura similar a la de aquellos que hace más de un siglo venían al Nuevo Mundo “a hacer la América”. Por ello las cosas le irán bien y -al verte prosperar- se reafirmarán en que su decisión de emigrar fue acertada. Crecerás pues, lejos, inicialmente ajeno a lo que dejaste atrás, ignorando que en el Caribe que fue tu pesebre los trasvases poblacionales son norma. Para el siglo 19, decenas de niños vinieron de España portando en sus brazos la vacuna de la viruela y nunca regresaron a Europa. En el siglo 20, nenes puertorriqueños fueron a Hawái y a Nueva York y allí se formaron. En los años 60, la llamada Generación Peter Pan la integraron hijos que tuvieron que viajar solos a otros países, quedando sus padres atrás en Cuba, hasta poder reunirse posteriormente. Unos y otros se perdieron en el tiempo, algunos perdieron sus vínculos... y a muchos el mar les impidió recordar. Evítalo tú.

En años futuros, ya con capacidad de mirar atrás para seguir adelante -cuando quieras saber de dónde vienes- ocúpate de apreciar mucho más que las glorias del deporte, la música popular, Guajataca, El Morro o la bandera. Asegúrate de hacer tuyo y con ahínco el Viejo San Juan, ciudad siempre necesitada de defensores. Aprende a encontrar “La princesa dormida” entre el paisaje de Caguas. Estudia hasta que te hable la madera en las casas antiguas de Salinas. Deléitate en las paredes de la Residencia Acosta y Forés de San Germán, las más hermosas de todos los tiempos en la Isla. Medita en Puerto Hermina, el escondite que robamos sin que Grecia se enterase.

Sumérgete en el barro profundo de Jaime Suárez; regocíjate con la “Sonata” de Jack Delano. No dejes de leer “Puertorriqueños” de Edgardo Rodríguez Juliá para conocer quiénes fueron tus abuelos y bisabuelos. Maravíllate ante el legado de Nilita Vientós Gastón, Lorenzo Homar y Gilda Navarra, entre los más grandes pilares de nuestra cultura.

Y por favor, no olvides el español: cuida el idioma, cultívalo, abrázalo, respétalo y enséñale a otros a hacer lo mismo, particularmente a tus hijos. Aunque para eso falta. Lo sabe un padrino que cumplirá sus promesas a la distancia, sabiendo que, cuando quieras, todo lo que ahora te digo te servirá -aún desde lejos- para volver a casa. Felices años nuevos, Gonzalo.

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martes, 5 de diciembre de 2017

Carta a Gonzalo

El arquitecto Jorge Rigau señala que Puerto Rico no es para generaciones jóvenes lo mismo que fue para quienes las antecedieron.

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