Astrid Díaz

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Por Astrid Díaz
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Casa y país

Nuestra casa siempre la podemos arreglar. De niña me enseñaron que mi país era mi casa, y que en mi casa estaba mi corazón. De adulta, mientras estudiaba Arquitectura, me deleitaba pensando en las analogías de ambos conceptos y cómo se entrelazan en nuestra vida cotidiana.

Hoy los cimientos de mi casa temblaron ante tanta noticia de impacto en mi país, pero se mantienen firmes, pues todos los puertorriqueños sabemos renovarla... lo hemos hecho antes.

En la arquitectura de una casa se entrelazan lo estructural y lo estético. Lo mismo sucede en la vida de un país a través de su desarrollo continuo que atiende las necesidades mientras se promueven las vivencias de un pueblo.

La casa representa seguridad, apoyo, protección. La arquitectura y la construcción nos enseñan la capacidad que tiene el ser humano de moldear positivamente su entorno.

“Todo se puede construir”, nos inculcaba aquel sabio maestro en la Escuela de Arquitectura, para enfatizar que ese postulado sucedía “cuando hay retos, voluntad, creatividad y confianza en lograrlo”.

Como a todos los estudiantes, nos encantaba cuando nos asignaban proyectos fáciles en solares planos, bellos paisajes, y grandes recursos económicos. Pero no siempre esa es la realidad. ¿Qué pasaba cuando el proyecto estaba lleno de retos como, por ejemplo, un solar escarpado, con grandes árboles que entorpecen el paso, terrenos deslizables, y grandes espacios a acomodar? Ese era el diseño que mejor nos quedaba. Los retos te hacen descubrir posibilidades y soluciones inimaginables.

Y ese principio lo debo transmitir hoy a mi país.

Expresaba John F. Kenneddy: “No te preguntes qué puede hacer tu país por ti, pregúntate qué puedes hacer tú por tu país”. Podemos edificar ante los grandes desafíos si mantenemos nuestra confianza. Puerto Rico siempre ha sido un gran arquitecto de su propio destino.

¿Qué podemos hacer con nuestra casa? Pintarla de esperanza.

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