Daisy Sánchez

Punto de Vista

Por Daisy Sánchez
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Caso Celimar Adames abre una herida que no sana

La demanda de Celimar Adames Casalduc contra Televicentro-Wapa-TV abrió una herida que no acaba de sanar. El proceso judicial radicado un catorce de febrero no pudo ser más alegórico. El día en que las redes sociales se llenaban de corazones y mensajes encandilados hacia todo lo que se ama, una mujer levantaba la voz en un tribunal para reclamar lo que ese sentimiento representa en todas sus vertientes: respeto y justicia.

El discrimen por edad, por género y las represalias que se toman contra quienes osan alzar la voz para denunciar esos atropellos contra las mujeres que laboran en las salas de redacción, y en especial en los noticiarios televisivos, es como esa huella del maltrato físico que sufre una mujer en su hogar y que intenta cubrir con maquillaje porque le cuesta aceptar que es víctima física y emocional de su pareja. 

El valor que se le atribuye a Adames Casalduc al atreverse a enfrentar a su patrono para reclamar igual paga, no ser penalizada por añadir años a su calendario y exigir el mismo trato que sus compañeros varones, solo reafirma la existencia por lo bajo del discrimen contra el cual muy pocas han decidido luchar, pero muchas viven a diario. 

Desde que, por exigencias federales, los noticiarios en Puerto Rico se vieron obligados a contratar a mujeres para la década de 1970, la inequidad salarial y de condiciones de trabajo echaron raíces en las redacciones hasta convertirse en una sombra que se extiende más allá de la silla del ancla. Productoras, redactoras, reporteras de a pie, editoras y camarógrafas, todas son víctimas de esa regla no escrita que las diferencia de sus compañeros varones por el solo hecho de ser mujeres. 

Sin entrar en sus méritos, el caso de Adames Casalduc no es el primero de este tipo que se ve en una corte en Puerto Rico. Antes estuvo Adela “Ratty” Izquierdo, quien demandó en 1986 a WIPR por discrimen por edad cuando fue sustituida como ancla de la sección de cultura por una mujer más joven. Ganó el caso, negoció las condiciones, pero nunca fue reinstalada en su posición.

En la década de 1990, Sylvia Gómez y Luz Nereida Vélez demandaron a sus patronos, Telemundo y Televicentro, por las mismas razones. Gómez fue reinstalada brevemente para luego dedicarse a reportajes especiales, en particular en el área ambiental donde ha sido galardona en múltiples ocasiones. Vélez fue relocalizada como ancla en otro horario y en la actualidad centra su trabajo en temas de salud. 

Con un puntaje cero a tres a favor de las reclamantes, uno esperaría que se dieran cambios reales en estos centros de trabajo. Sin embargo, en el siglo 21 todavía persiste el discrimen contra las mujeres periodistas. Estos talleres de trabajo son un reflejo de nuestra sociedad, pues más del 50% de los empleados son mujeres que aportan su vitalidad, su conocimiento y su preparación académica para lograr un mejor producto informativo para el país.

Pero al igual que una buena parte de las mujeres en nuestro país, transitan por un camino de violencia, humillaciones, degradaciones, amenazas y arbitrariedades por parte de sus patronos, quienes continuarán actuando de esa manera porque pueden. El silencio y el miedo son sus aliados. 

Se requiere valor para arriesgar la seguridad económica, la estabilidad emocional que requieren estas luchas y el sosiego que debe primar en nuestro ambiente laboral. Pero existen momentos en que decir basta es urgente. Hasta ahora el cambio es muy lento y se requieren más voces como “Ratty”, Sylvia, Luz Nereida y Celimar. Hay que cerrar filas, hablar honestamente sobre el problema y enfrentarlo. Debemos exigir cambios, y ser más solidarios y solidarias.

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