Francisco Martínez Hoyos

Punto de vista

Por Francisco Martínez Hoyos
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Cataluña y la propaganda nacionalista

Decía el escritor Josep Pla que cuanto peor se hacen las cosas en Cataluña, más se exaltan gratuitamente. Sus palabras parecen pensadas para un “proceso” de independencia que ha sido, como mínimo, chapucero. Al secesionismo le gusta utilizar como referencia la emancipación de la América hispana, pero… Cataluña, una de las zonas más ricas de España, cuenta con sus propias instituciones autonómicas. ¿A qué se debe, entonces, el actual estallido social? En parte, a una utilización sectaria de la Historia. ¡Llamemos español a todo lo malo! Para un amplio sector del público, España sería sinónimo de la violencia y el fanatismo que representan personajes como Hernán Cortés o el inquisidor Torquemada. Cataluña, en cambio, representaría el espíritu democrático, abierto al pacto. Desaparecen de escena, por ejemplo, los negreros catalanes del siglo XIX. 

Cataluña pasó a tener los mismos monarcas que Castilla gracias a la boda de los Reyes Católicos, Isabel y Fernando. Sin embargo, conservó instituciones propias como las Cortes, el Consell de Cent o la Generalitat. Historiadores nacionalistas las presentan como una protodemocracia sin tener en cuenta que aquella era una sociedad estamental bajo el control de la aristocracia y el clero. 

Este estado de cosas se prolongó hasta el 11 de septiembre de 1714, cuando las tropas borbónicas conquistaron Barcelona y pusieron fin a la guerra de Sucesión. Esta contienda no fue un enfrentamiento entre España y Cataluña, sino una pugna entre dos aspirantes al trono, Felipe V y Carlos de Austria. ¿Vienen los problemas actuales de que Cataluña perdiera entonces sus fueros? Lo que importa no es lo que sucedió entonces sino la forma en que el nacionalismo posterior convirtió aquellos hechos en un mito. En una “tradición inventada”, por decirlo con la terminología de Hobsbawm. 

Lo que vino después fue una etapa de despegue económico que hizo de Cataluña una tierra próspera e industrial. A los nacionalistas les gusta remarcar el espíritu trabajador de los catalanes, pero si estos se hicieron ricos, gracias a su industria textil, fue porque disponían del amplio mercado de América al formar parte de la monarquía española. 

El catalanismo surgió en el siglo XIX para relanzar la cultura y la lengua catalanas, a la vez que se luchaba contra el centralismo. Pero nada de eso se hizo en nombre de la Independencia. En realidad, los nacionalistas catalanes no aspiraron a separarse de España sino a regenerarla: ellos acabarían con la corrupción y el desgobierno. 

La guerra civil iniciada en 1936 también se cuenta como si fuera una guerra contra Cataluña, sin que existan catalanes franquistas. Un líder nacionalista, Francesc Cambó, no dudó en utilizar su fortuna para apoyar la rebelión. Mejor los militares que la revolución social. Pese a todo, cuenta hoy con un monumento en la Via Laietana de Barcelona. 

La historia de España ha experimentado en las últimas décadas una amplia limpieza de antiguos tópicos. En ocasiones, de manera un tanto extremista: si antes la nación era eterna, ahora sería una entelequia. En cambio, en Cataluña aún se remontan los orígenes a un milenio atrás, en plena Edad Media. Quien discrepa se expone a pasar por derechista, centralista o anticatalán. 

Nos encontramos ante una sociedad plural. El español no una lengua extraña sino un idioma que forma parte de su cultura desde hace seis siglos. Así lo ha mostrado Sergio Vila-Sanjuán en Otra Cataluña (Destino, 2018), un libro que se abre con una conversación reveladora que tuvo lugar en 1997, durante el día del Libro. Cuando el periodista le habló a Jordi Pujol, entonces presidente de la Generalitat o gobierno autonómico, de Eduardo Mendoza, un gran escritor catalán que escribe en castellano, Pujol respondió que no era lo mismo. Como si Mendoza fuera menos catalán por no utilizar la “lengua propia”. Ahí está el drama: cuando se define una esencia nacional se consigue la exclusión de los que no responden a ese modelo. 

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