Nicolás Hernández Sanabria

Tribuna Invitada

Por Nicolás Hernández Sanabria
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Catástrofes y el daño que no se ve a simple vista

Luego de una catástrofe repasamos los daños materiales y físicos que la población ha sufrido. Sin embargo, no olvidemos el daño que no se ve a simple vista, el daño emocional. Este daño es una emoción dolorosa, amenazante, estresante y, en ocaciones, acompañada por una experiencia traumática cercana a la muerte. 

Las catástrofes naturales causan miedo tanto a adultos y viejos como a niños y adolescentes. La intervención y ayuda debe ser acorde con la etapa del desarrollo.

Vivimos en un archipiélago de más de 100 por 35 y en esta isla grande vivimos personas puertorriqueñas y de otros orígenes étnico-culturales. Además, los puertorriqueños vivimos aquí, en Houston, en el estado de la Florida y otras islas del caribe.  Esta realidad geográfica y cultural hace más impactante la cadena de eventos huracanados que nos ha tocado vivir esta temporada. Debemos tener esto en mente a la hora de poder identificar niños y adolescentes con reacción de estrés ante las pérdidas que vive su familia en Puerto Rico, la Florida o la cuidad de Houston.

La respuesta de los niños y niñas ante el trauma está fuertemente influenciada por la respuesta de los adultos a su alrededor. Las personas reaccionan a los traumas de diferente manera, poniendo de manifiesto las experiencias colectivas pasadas y su cultura.

Hablar con los menores sobre el evento en palabras que ellos y ellas puedan comprender ayuda a disminuir el miedo. Es importante no enfrentarlos a mayores miedos que los puedan sobrecargar, como exponerlos a noticias gráficas, pero evitar el tema no ayuda a que el niño se recupere.

El primer paso para ayudar a otro es uno estar preparado. Nosotros debemos estar tranquilos antes de calmar a un niño. Los adultos debemos hablar nuestra experiencia con otros adultos y bajar la ansiedad para estar listo a ayudar un menor. Es com seguir la instrucción de los aviones “si baja la presión de la cabina, ponga primero su máscara y luego ayude a otros”.  Los niños están atentos a la respuesta emocional de los adultos y en momentos de crisis están mas sensitivos.

La reacción depende de la edad de la persona. Por ejemplo, un niño o niña en edad preescolar puede estar más apegado a sus padres. Pueden mostrar miedo, estar inquietos, inmóviles, volver a chuparse el dedo o tener miedo a la oscuridad.

Entre los 6 y los 11 años pueden rehusar ir a la escuela, tener problemas de concentración, estar irritables, sufrir pesadillas o exponer quejas físicas sin explicación. El adolescente, por otro lado, además de estos síntomas, puede evitar hablar del tema o acudir al lugar del desastre, usar sustancias ilícitas y pueden presentar ideas suicidas.

No esperen que los niños y adolescentes sean los fuertes. Permitan expresar sus miedos y sentimientos, que jueguen sobre temas de aventura y rescate. Busquen ayuda profesional, si los síntomas son severos y la disfunción dura más de dos semanas.

Mientras, no nos olvidemos de los viejos. El tener enfermedades crónicas que dependan de medicamento, asistencia medica o diálisis también puede aumentar su reacción de ansiedad. Esa población requiere atención similar a los menores, pero es preciso estar atentos a otras particularidades. Al respecto hablaré en una próxima columna.

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