Eudaldo Báez Galib

Punto de vista

Por Eudaldo Báez Galib
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¡Cautela con la violencia!

Voy a ser imprudente y arriesgado. Rasgo el velo que esconde una seria realidad: nuestro estado de situación social sufre de suficientes presiones como para que temamos a unas elecciones violentas. Sí. Suena fuerte. Inimaginable. Pero hay suficientes factores presentes, y otros por venir. Claro, somos una nacionalidad tranquila y pacífica, sin embargo eventos pasados evidencian que presionada en exceso, estalla, con pasión moderada como “Vieques” y el “Veranazo”, o más ágil, como “Fortunata”.     

Estemos claros. Una elección ensangrentada es la derrota bochornosa de Puerto Rico. Sé que hay líderes políticos, por nombres y apellidos, a quienes sus esquemas morales esto no les afecta. Es asunto de lograr sus metas. Y solo una persona tiene la capacidad de detener este potencial desastre social. La gobernadora. Nuestro garante de derechos, elecciones y democracia.      

Por años hemos venido sufriendo políticos que atropellan la confianza del pueblo. Desde gobernantes preocupados por la imagen de sus encomiendas hasta los que les preocupa la suya propia. Hay una tendencia a dejar de admirar al político honrado para admirar al astuto inversionista. Ese largo trayecto de deterioro ha hecho mella en nuestro colectivo. Produjo el caldo de cultivo que alimentará este momento. 

Entonces, las tensiones. Encapsulado en cortísimo tiempo tuvimos huracanes, sismos, pandemia, muerte, corrupción, derrocamiento seguido por autogolpe, un presidente díscolo, líderes mintiendo, sustitución del “gobierno propio” por el de una Junta, quiebra y, dolorosamente, el horrendo abandono de nuestras víctimas de la naturaleza.

De hoy a la elección de noviembre ¿qué? Pues, un Código Civil aprobado por sobre respetables objeciones; una nueva ley electoral que violenta los principios básicos de la cultura política puertorriqueña y aunque constitucionalmente enferma se activará cuando ya hemos comenzado los procesos electorales bajo otra ley; una elección general a celebrarse en medio de la pandemia en la que, a meses, no sabemos cómo nos protegeremos; urnas a ser bofeteadas por la elección para presidente de Estados Unidos decretada inconstitucional por los tribunales federales y locales;  y otro costoso plebiscito inconsecuente, para satisfacer fanaticada.

Añádale al brebaje la Cámara de Representantes intentando golpear políticamente a la gobernadora, el Senado aprovechando un contrapeso con ella y la comisionada residente y la Junta abrazados al presidente que nos detesta. 

Mientras, encerrado en sus hogares, un pueblo ahogado por maltrato. Molesto… pensando… consumiéndose. 

¿Precedentes electorales álgidos? En 1980 hubo la reñida elección entre Romero y Hernández Colón que requirió recuento. La crisis generó violencia. En el Coliseo Roberto Clemente, donde se contaban los votos, hubo lluvia de pedradas (mi tobillo detuvo una). Pero un prudente liderato político de todos los partidos logró calmar ánimos.

En 1988 hubo la de Granados Navedo y Héctor Luis Acevedo para la alcaldía de San Juan. La noche de la elección Granados ganaba por unos cientos de votos, por lo que hubo recuento. Acevedo logró el triunfo por un par de docenas de votos. La policía me impuso protección, como comisionado electoral que era, por las amenazas a mi seguridad y de mi familia. De nuevo, el liderato prudente de entonces contuvo la crisis. Conozco de crisis.

Internalicemos, ahora, ese cúmulo de experiencias, sinsabores y presiones. Aceptemos que nunca antes en la historia de Puerto Rico se ha concentrado en corto tiempo tanta ansiedad impuesta, forzada. Calibremos también las características de nuestro liderato político. ¿Contendrá la crisis o la abanicará? 

Concluir es inevitable, entonces, que la atmosfera está cargada. Si no estalla hoy, espera por un detonante. ¿Cuál será? Me sospecho que surgirá de votantes iracundamente heridos en su dignidad ciudadana. No serán “peludos”. 

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