Carmen Dolores Hernández

Tribuna Invitada

Por Carmen Dolores Hernández
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Celebrar la Navidad es una revelación personal

“Por fin llegaron las Navidades” cantaban todos… pero yo no podía esperar a que se fueran. Detestaba la temporada; empezaba a incomodarme cuando veía las decoraciones —¡tan prematuras!— en las tiendas; me reventaba el ciervo Rodolfo, con su rinitis crónica; los preparativos frenéticos me alteraban: contaba los días para que todo regresara a la normalidad.

¿Por qué ese rechazo visceral a unas fiestas que son “el encanto de Borinquen”? Quizás —pensé— sufrí algún desencanto de niña. Nunca recibí lo que esperaba (aunque recibí demasiado). El año que pedí una Mariquita Pérez (muñeca fabulosa que traía su propio vestuario, incluyendo unas gafas de sol), encontré bajo el árbol una patinadora con trenzas, corona, tutu y patines: era, preciosa, pero… no era la Mariquita Pérez. Cuando pedí una bicicleta de Roy Rogers, me trajeron una de Hopalong Cassidy, negra y plateada, con pistolas en unas baquetas montadas en los manubrios. Espectacular, pero no era la de Roy Rogers. El viejo barrigón y los Reyes no leían bien mis cartas.

De joven nunca fui a todas las fiestas a las que hubiera querido ir. O no me invitaban o no me podían llevar en aquellos tiempos pretéritos en que todavía había chaperonas. De casada, la Navidad me suponía un aluvión de trabajo encima del que ya tenía con una casa llena de niños: compras, comidas familiares, regalos, decoración del árbol. Lo último era lo peor: me quedaba gulembo, la estrella virada, las luces fundidas, los adornos desequilibrados. (Posiblemente como consecuencia de que lo compraba el 24, cuando quedaban los desechos.)

Donde todos veían alegría, yo veía obligaciones (hasta de alegrarme), compromisos (demasiados), regalos (inútiles o redundantes).

¿Por qué no podía disfrutar de la Navidad como cualquier hijo de vecino? Me gustaban los villancicos, eso sí: las dulces canciones de cuna, las tonadas alegres acompañadas de güiros y maracas, castañuelas y guitarras. Y me gustaban sus letras, que aludían a un evento tan corriente y sublime a la vez como un nacimiento. ¡El de un Dios que entra en la historia humana!

Los grandes museos del mundo están llenos de pinturas que representan la más fundamental y necesaria de las relaciones humanas: una madre con su hijo. Al lado de héroes y reyes, de batallas y paisajes, de palacios espléndidos e iglesias monumentales, están los lienzos con la mujer y el niño. La insistencia en esa escena entrañable fue calando. También la música –“ha nacido en un portal/ llenito de telarañas…/el redentor de las almas”. Lo humilde y lo sublime; lo encumbrado y lo sencillo; lo incomprensible y lo conocido: todo unido en la Navidad. Un nacimiento siempre trae expectativas y alborozo. Y, para la madre, un replanteamiento de la vida. Se celebra en familia y se acoge en la intimidad. Cada hijo es único: se instala para siempre en el corazón esperanzado de su madre.

Por fin entendí: había buscado la alegría afuera cuando estaba adentro; me había fijado en la distracción sin practicar la introspección. La celebración de la Navidad es una revelación personal. Se repite cada año para que renovemos la alegría al recordar que ese niñito a quien le cantamos con reverencia y cariño —“A la nanita nana, nanita ea, mi Jesús tiene sueño, bendita sea”— es el Redentor que nos eleva a otro plano —más pleno— de la existencia, uno en que no hay (no debe haber), diferencias entre pobres y ricos, razas y naciones, ni entre los poseedores de diferentes grados de inteligencia o habilidad, porque todos estamos hermanados en el amor y todos, como los pastores, podemos contemplar, en esa noche de paz, el misterio de la vida.


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