Cezanne Cardona Morales

Tribuna Invitada

Por Cezanne Cardona Morales
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Ceño

El 29 de abril de 2016, los trabajadores de una gigante compañía telefónica obtuvieron una victoria sin precedentes. A partir de ese día, la compañía no los podía obligar a sonreír. La cláusula que decía que había que utilizar ciertos músculos de la cara para respaldar una falsa felicidad empresarial, desaparecería de sus contratos.

Según la periodista Cynthia Ramírez, la lucha comenzó en el 2013 cuando los trabajadores de la compañía telefónica exigieron, ante el National Labor Relation Board, la exclusión de la cláusula del Manual de Empleados que decía: “Se espera que todos los empleados mantengan un ambiente positivo de trabajo, comunicándose de manera que permita el trabajo eficaz y las relaciones con clientes internos y externos, compañeros de trabajo y gestión”.

¿Se imaginan a un abogado atendiendo un caso de violencia machista con una sonrisa falsa en el rostro? ¿Podrá un bombero apagar mejor un fuego si se está sonriendo? ¿Llegará a tiempo una ambulancia si el conductor está muerto de la risa? ¿Tendrá que sonreír un maestro de Historia mientras imparte una clase sobre el genocidio de Sarajevo para mantener un ambiente positivo entre sus estudiantes? ¿Habrá que sonreír cada vez que una compañía de teléfonos, de autos, de zapatos, de cerveza, de cable TV o de refrescos utilice el esfuerzo de un deportista para vender un producto? ¿Sonreiremos cuando los candidatos a la gobernación utilicen la imagen de Mónica Puig para conseguir votos?

Puede que la risa ejercite músculos y libere endorfinas –y hasta nos permita mantener el trabajo y la cabeza baja- pero no creo que las luchas contra la explotación, el colonialismo, el machismo, el racismo, la homofobia, la xenofobia, la pobreza, el hambre o la desigualdad social se hayan batallado bajo el designio del músculo risorio. En tiempos de banalidad nacional, apuesto por fruncir el ceño. Porque mientras haya un ceño fruncido, al menos, habrá esperanza.

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lunes, 3 de septiembre de 2018

Nadar para poder caminar

Pensé en todos aquellos escritores que practicaban la natación, no para recordar el peso de la tierra, sino precisamente para olvidarla. El poeta Lord Byron, aquejado de una lesión en el tendón de Aquiles, nadaba para olvidar su cojera y cruzó el Bósforo, al norte de Turquía, sin rastro de dolencia. El checo Franz Kafka solía nadar en la Escuela Civil de Natación, en la isla de Sofía, para olvidar la vergüenza que sentía por su cuerpo. En sus “Diarios”, bajo la fecha del 2 de agosto de 1914, Kafka anota: “Alemania declara la guerra a Rusia. Por la tarde, me fui a nadar.” En una entrevista, el colombiano Héctor Abad Faciolince, autor de “El olvido que seremos”, dice: “Nado para que nada me afecte, nado para estar solo.” Para el poeta argentino Héctor Viel Temperley nadar era la mejor forma de rezar. El misticismo de su poema “El nadador” es evidente cuando dice: “Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada / Tuyo es mi cuerpo”.

sábado, 4 de agosto de 2018

Ataúdes prestados

El escritor Cezanne Cardona cuestiona el trato de Ciencias Forenses a los fallecidos

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