Cezanne Cardona Morales

Punto de vista

Por Cezanne Cardona Morales
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Cezanne Cardona: antipostales

Por mi ventana no han aparecido nuevos pajaritos. Ni el agua del fregadero está tan clara como los canales de Venecia. Tampoco hay delfines. Lo más parecido a eso son los vasos acumulados, los trastes que emergen de las profundidades del gabinete, un cardumen de cubiertos naciendo por toda la casa. La escoba ya no es la guitarra eléctrica que era cuando limpiábamos en familia. El control del televisor no es el micrófono con el que amplificaba la canción que había olvidado, y el mapo no rockea como antes porque ha perdido el pelo por tanto cloro. No quiero cantar cumpleaños feliz dos veces mientras me lavo las manos, ni me apetecen más conciertos por internet; no aguanto más nostalgia de la que puede producir mi memoria. Juro que me taparé los oídos si escucho a otro poeta promocionando su nuevo poema de pandemia, y que me vendaré los ojos cuando lea, por enésima vez, que los animales recuperan el planeta porque nosotros somos el virus. Eso lo sabíamos hace siglos. Eso lo sabía Montaigne encerrado en su torre. Por eso se inventó un género nuevo: el ensayo. Y lo inventó para librarse de las postales de su tiempo.

Hace unos días, The New York Times comenzó una serie de “Postales del coronavirus”, según ellos, “para afirmar que no estamos solos en esta era de incertidumbres.” Pero yo quiero mi incertidumbre de vuelta. Quiero deprimirme como se supone, que el miedo y ansiedad me venzan como se supone, que me arrope la tristeza como se supone, y reírme cuando toque para no hacerme la víctima. Ya basta de formulitas, de dibujitos del coronavirus en los noticiarios, de mapas, de recetas o remedios caseros para el sistema inmune. Cansa la postal con ego de pandemia: el “yo lo sabía”, el “yo lo advertí”, el “aquel lo predijo” el “tal país lo hace mejor”, el “la normalidad era esta o aquella otra cosa” o el “esta otra es la verdadera pandemia”. No quiero convertir mi sala en un gimnasio, ni decirles a mis hijos que tienen que ir a la escuela en la mesa del comedor, ni que algún gurú de las redes sociales me diga que la cultura nos salvará, porque ese nunca ha sido su derrotero. Cervantes no quería salvar a nadie, ni Flaubert, tampoco lo quería Borges, muchos menos Kafka.

Por eso me tranquiliza saber que, en sus diarios, Rodolfo Walsh quiso sembrar lechugas y la muerte no lo dejó. Me alivia saber que Julio Ramón Ribeyro diga en sus diarios que es un escritor sin novela -aunque publicó algunas- y que quedó fuera del mollero publicitario del Boom Latinoamericano. Es un bálsamo saber que Williams Carlos Williams no sabía que hacer frente a sus pacientes y escribía poemas en su libreta médica. Saber que no entiendo muchos de sus poemas es consolador, porque a lo mejor no había que entenderlos. Casi celebro que el poema sobre Ítaca, de Cavafis, quede cada vez quede más lejos. Casi salto de la alegría cuando vi que Emily Dickinson dijo que era mejor no saber el secreto del cielo o que el tiempo no ayuda a comprender nada. Casi río cuando vi queal final de “Crimen y Castigo”, Raskolnikov soñó con una pandemia. Casi -y dije casi- entiendo esa carta que le escribió Sarmiento a José Martí pidiéndole al escritor que en sus escritos periodísticos fuera menos Martí.

Si me quitan la incertidumbre, con qué tristeza lloraré a los muertos por venir. Si me quitan la incertidumbre, cómo voy a encontrar la belleza, el deseo, el terror, la alegría o la siempre justa cursilería. Si me quitan la incertidumbre, con qué me voy a asombrar, cómo hallaré a Dios o a Nietzsche, de dónde voy a sacar la furia para acompañar a los desempleados de esta pandemia. ¿Cómo se traga uno que en un solo día murieron quinientos en Nueva York, ochocientas en Madrid, casi mil en Italia? No lo sé. Por eso, mi única esperanza será mantener mi incertidumbre a salvo de la enredadera empalagadora, evitar que caiga en manos de esos canallas de las causas justas. Mi única esperanza será buscarle un buen tiesto a mi planta de incertidumbre y dejar que el pájaro -el más común de todos- cante la crónica de la gravedad.

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