Bárbara I. Abadía-Rexach
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Charlottesville y Puerto Rico

En 1968, mi padre salió de Puerto Rico de forma involuntaria, pues sirvió en el ejército de Estados Unidos y participó en la Guerra de Vietnam. A sus 20 años, enfrentó en carne propia el racismo del que había escuchado a través de los medios de comunicación. Conocía de los disturbios que tuvieron lugar en Detroit, Michigan, en 1967 y, por supuesto, sabía del asesinato de Martin Luther King, Jr. en 1968. Como puertorriqueño negro, pasó del racismo insular al racismo de Georgia y Carolina del Sur, estados en los que leía letreros que decían: “No Negros, No Dogs, No Puerto Ricans”. En ese escenario estadounidense, papi era negro, Puerto Rican, Latino y ‘spic’.

El Estados Unidos de hace 50 años no es muy distinto al actual…

El viernes pasado un grupo de supremacistas blancos decidió marchar en Charlottesville, Virginia, recusando la petición de que se remueva la estatua del general confederado Robert E. Lee. El sábado las redes sociales amanecieron con las imágenes que parecían sacadas de una película sobre eventos de los años sesenta. Ante la repudiable manifestación neonazista, grupos antirracistas decidieron alzar sus voces para denunciar el racismo y la supremacía blanca que impera en Estados Unidos. Heather Heyer, de 32 años, murió y varias personas resultaron heridas a manos de uno de los participantes del movimiento ultranacionalista. Entretanto, Deandre Harris, de 20 años, fue atacado a tubazos por un grupo de hombres.

Para el presidente de EE.UU., Donald Trump, quien asegura haber visto las imágenes de las protestas muy de cerca, hay gente muy violenta en ambos bandos. Las declaraciones de Trump minimizan la peligrosidad de los grupos supremacistas y hacen la violencia racista permisible.

Ante este panorama, es necesario insistir qué tienen que ver los hechos en Charlottesville, Virginia, con Puerto Rico.

Que Michael Alex Ramos, uno de los que agredió a Harris, se autoidentifique nacionalmente como un puertorriqueño no racista es solo un dato curioso. Parece inverosímil que un hombre que pertenece a una minoría en EE.UU. sea parte de actos racistas.

De acuerdo a datos censales, un 2% de la población del estado de Virginia es de origen puertorriqueño, y cerca de 5 millones de personas en EE.UU. se identifican como puertorriqueñas.

Los hechos ocurridos en Virginia se pueden seguir repitiendo en cualquier otra parte de EE.UU.

La realidad es que los/as boricuas nunca han estado exentos del racismo y la xenofobia palpables en EE.UU. Hoy, el número de puertorriqueños/as que emigra a EE.UU. aumenta, y el perfil demográfico de este éxodo boricua, al igual que ocurrió en los años 50, no caza con la ideología de la supremacía blanca.

En Charlottesville, no vimos a la policía intervenir con violencia, como ocurriría si los manifestantes hubiesen sido negros/latinos/‘others’.

Por un lado, Trump culpa a los grupos antirracistas de provocar a los supremacistas. Por elotro, en ciudades como Boston, Massachusetts, se les permitirá a los supremacistas continuar su agenda de infundir el odio gritando: “You will not replace us.”

Y en medio de todo esto, aquí en la isla, son criminalizadas, igual que en EE.UU., las víctimas del Estado –niñas y mujeres por ejemplo-, y del racismo.  

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