Rubén Dávila Santiago

Punto de Vista

Por Rubén Dávila Santiago
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Chat burlesco: lo “simbólico” y la mentira

Le comento a un amigo lo grave que resulta intentar producir una consulta sobre el presidente de los Estados Unidos en el proceso electoral próximo, a sabiendas que es algo inconstitucional y sin ninguna consecuencia jurídica vinculante y me comenta, que eso no tiene mayor importancia porque es algo “simbólico” y no tiene consecuencias prácticas. 

Con el Nuevo Código Electoral se crea la ficción de votar por el presidente de Estados Unidos mediante un mecanismo de colegio electoral de manera de “hacer como sí” los residentes de esta jurisdicción territorial pudiesen ejercer ese derecho asegurado por la ley 12 de 2018.

Ya autorizados juristas, en este mismo periódico, han alertado de que se trata de una acción que el mismo Tribunal Supremo de Puerto Rico, en el 2000, ha declarado inconstitucional. En ese entonces además de su nulidad jurídica, señalaba el tribunal que era totalmente improcedente al utilizar fondos públicos (en este caso sería sobre un millón), sin un fin público legítimo. Esto se acentúa, aún más hoy por la precaria situación económica. Aparte de que preocupa ese recurso de impunidad de lo “extra constitucional”, hay algo más. Aún si no se usara un solo centavo sería un asunto grave que envía mensajes muy concretos tanto aquí como en Estados Unidos sobre la clase política.

Este montaje es algo grave precisamente porque se trata de algo “simbólico” y creo que sí tiene consecuencias prácticas. El orden simbólico no es algo marginal y de poca importancia. Se trata del ámbito de acción humana consustancial a pensar la realidad y actuar sobre ella. Al hacer algo “simbólico” -la toga del juez en la corte, la “toma de la calle”, la investidura en cargos, las ceremonias- se procede a hacer una representación de otra realidad fundamental mediante esa acción. De hecho, al producirse esta opción electoral, y estar “ahí”, en ese espacio de participación entendido como legítimo, adquiere una vida propia, una fuerza, una presencia. Claro que tiene unas consecuencias, por eso se hace. El registro tonal de sentido a partir del cual las cosas son percibidas es siempre esencial. Platón aludía a nuestra condición humana de Anzroopos: el contemplador de lo visto, porque nos situamos en la representación para entender eso que vemos. En nuestra vida diaria no existen interacciones que no sean simbólicas. Esa atribución de sentido es parte de nuestra interacción. Ese “como si” es una distancia que asigna un valor interpretativo en nuestra vida.  Nuestro lenguaje, (no sólo el idioma) cotidiano es un armazón simbólico que ejecutamos constantemente como respirar.

En este caso de la consulta, se trata de una elección ficticia: como si fuera de verdad, o digamos presentarla con todos los elementos formales que, por su forma misma, le brinden legitimidad. El fingimiento va a crear una realidad política, aunque no tenga una consecuencia jurídica, con ello se envía un mensaje. Por un lado, este hacer ficcional, establece una “fantasía de lo hecho”: se trata de una imagen que tiende a validarse en sí misma. Su veracidad deriva del procedimiento mismo como forma legitimadora. Por el otro lado, se procede a “la simulación” ejecutando una acción con operaciones y manejos falsificadores pero que validan lo hecho. Doble lenguaje confuso: la farsa deviene en franqueza expresiva, el fraude en justificación, la artimaña y el truco en efectividad política razonable. Esto es peligroso: los seres humanos terminamos convenciéndonos de nuestras propias ficciones. En este caso se trata de erigir una ética de la mentira, el engaño, la manipulación como algo totalmente normal.  Resulta insólito este tipo de chat burlesco. 


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