Sergio España Ramírez

Punto de Vista

Por Sergio España Ramírez
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Chile, el vecino diferente del Barrio

El pasado 8 de octubre, el Presidente Sebastián Piñera declaraba que “en medio de esta América Latina convulsionada veamos a Chile, nuestro país es un verdadero oasis con una democracia estable, el país está creciendo”. Por muchos años se ha citado como ejemplar nuestra transición política y un modelo de desarrollo que exhibe cifras de crecimiento diferentes al resto. Los propios chilenos de alguna manera sienten lo mismo. Una encuesta de la Universidad Católica (2018) indicaba que un 59% de los chilenos cree que su país es muy diferente de los demás de América Latina, mientras que un 7% estimaba que es país dentro del continente. 

Seis días después de las palabras del Presidente, se inició una protesta social absolutamente inédita en Chile. Ante el alza del pasaje del Metro de Santiago (uno de los más modernos de la región y que moviliza cada día a cerca de 2,8 millones de personas), miles de estudiantes iniciaron evasiones masivas en los accesos de pago, El pasaje pasó a costar 1,17 dólares. 

La protesta ha sido algo inesperado. En los últimos años ha habido varias expresiones de descontento, pero siempre más acotadas: 2011 los estudiantes salieron a las calles y lograron la gratuidad en la matrícula universitaria para ciertos sectores; 2016 las familias protestaron por el sistema de previsión social privado, lo que derivó en proyectos de ley en discusión; el año pasado se dio paso a una ola de marchas feministas consecuencia de denuncias de acoso sexual en algunas universidades.

Hoy no hay una demanda específica, sino más bien la suma de muchas: pensiones, salud, sueldos, costo de los medicamentos y los servicios básicos (agua, electricidad y transporte), etc. Detrás de cada una de ella, aparece sin embargo un hilo conductor: la enorme desigualdad económica que divide a los chilenos, la más alta en el contexto de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y muy superior a la de muchos de nuestros vecinos. 

Pero hay también una desigualdad subjetiva. Una percepción de que, pese a la promesa de un mayor desarrollo e igualdad de oportunidades, esta finalmente no se ha concretado, al menos no en la medida de las expectativas generadas. La protesta ciudadana también es diferente en cuanto no aparecen grupos, organizaciones convocantes, ni líderes. Eso hace mucho más compleja la resolución del conflicto, ya que la clase política en general (no solo el gobierno) está altamente descreditada. Quienes están llamados solucionar políticamente el problema son vistos como parte de él.  En elecciones del 2017, solo la mitad de las personas con derecho a voto acudió a las urnas y solo un cuarto lo hizo por el actual mandatario. 

En forma paralela, se han multiplicado a los actos de vandalismo en Santiago y regiones. Estaciones y vagones del Metro (muy valorado por la ciudadanía) quemados; más de 200 supermercados saqueados y siniestrados (algunos varias veces); y muchas otras instalaciones comerciales afectadas. En siete días se registran 20 personas fallecidas y casi 3,000 detenidos. Para enfrentar esta situación, el Presidente Piñera solicitó la presencia del Ejército en las calles, algo que no se observaba desde el retorno a la democracia, salvo en situaciones de catástrofes naturales como el terremoto del 2010. Para quienes vivieron los años de dictadura, sorprende que la presencia de soldados no actuó como efecto disuasorio como en el pasado: cientos de jóvenes desafiaron el toque de queda durante siete noches con un saldo de muertes y heridos cuyo origen está siendo investigado por los tribunales de justicia. 

La magnitud de la protesta (se estima que dos millones de chilenos salieron a las calles el viernes 25), no solo echa por tierra la imagen de oasis, sino que da cuenta de una necesidad de ser escuchados y considerados (Chile despertó fue el grito en las calles). Más allá de las modificaciones a una Constitución elaborada y aprobada durante el gobierno del General Pinochet, Chile parece al debe en el desarrollo de una sociedad con mayores canales de expresión y participación. La solución a esta crisis se orienta en ese sentido, lo que hace referencia al rumbo que tomó el Presente Macron en Francia tras el estallido de los chalecos amarillos. 

Lo único cierto hoy es que los chilenos se empiezan a mirar de una forma distintas a ellos mismos y al vecindario. 


El autor es periodista y cientista político. Es director de Subjetiva, entidad que desarrolla estudios y estrategias para la comunicación, el marketing y la publicidad en Chile.

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