Miriam Montes

Tribuna Invitada

Por Miriam Montes
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Ciales, pueblo de los valerosos

Carmencita se ha empeñado en ser inmorible. Ella no lo sabe. Su vida está repartida en las personas sin hogar que dependen de la bondad ajena para recibir un poco de atención. Piensa en ellos. Les habla, ora por ellos, los abraza. Les lleva alimentos, ropa, artículos de primera necesidad, hasta obsequios durante la Navidad o el Día de los Padres. Recientemente, el círculo de su amor se ha extendido a los damnificados del huracán María. Carmencita se ha obstinado en llegar a los lugares más inaccesibles, tal vez olvidados, del interior de la Isla.

Carmencita es sobreviviente de cáncer. Su cuerpo alberga un conjunto de huesos que pesan poco más de cien libras, distribuidos en una figura de cinco pies con siete pulgadas. Su espíritu acuna el alma de los valerosos. Sin advertirlo, ella también se ha sumado a los hombres y mujeres que le han valido el apodo “Pueblo de los valerosos” a Ciales.

Dijo que quería regresar. Una semana atrás, caminó por los barrios Hato Viejo y Dos Ríos, ella y un vagoncito en el que atacuñó cajas de agua y bolsas con comestibles. Tocó a las puertas y habló con la gente. Así le gusta a ella. Dejarles algo más que aquello que sacie el hambre física.

Días atrás, Carmencita visitó los barrios Pozas y Frontón. Llovía. El riesgo de deslizamientos del terreno montañoso y húmedo quizá le cruzó por la mente. Los caminos eran escabrosos. Los riscos, asustantes. No se amilanó. La impulsa un sentido de misión que se le ha enraizado al alma: el imperativo de ayudar. Y, como si fuera el inseparable Sancho, la alegría que le produce dar la mano al que lo necesite.

Apoyada por la maestra Zori Rivera, artesana y madre de artistas, y su discípula Sandra Santiago, se atrevió a desafiar las calles angostas, curveadas y empinadas, una verdadera aventura para los que viven en la costa de la isla, con tal de brindar aliento a algunos hogares afectados. Se trataba de treinta niños que estudian en una escuela cialeña. Los vientos arrasaron con sus casas. Tres meses después del debacle natural que sumió a la isla entera en la oscuridad y la pesadilla de la supervivencia, muchos niños del Barrio Pozas (entre tantos sectores) viven arrimados a otros espacios. Esos se han convertido en sus nuevos hogares. El hacinamiento, la falta de privacidad, los escombros dentro de la residencia, la leptospirosis, cajas apiñadas de pertenencias que lograron salvar (o el mero recuerdo de ellas), pertenecen a su nuevo entorno. El físico y el emocional. Ellos, al igual que Carmencita, se enfrentaron a un monstruo que amenazó lo más sagrado de un niño; o de una mujer: la vida propia.

Ese monstruo aún fanfarronea.

Ciales, al día que se escriben estas letras, es el único pueblo puertorriqueño que carece del servicio de energía eléctrica.

Durante el día, cuando el sol se asoma entre sus mogotes y sus montañascalizas, sobre sus frondosos cafetales y platanales, en medio de su verdor obstinado, Ciales parece el hogar de los dioses. Los taínos debieron idolatrarlo. Su belleza impresionante envuelve otra mística. Allí se respira un sabor majestuoso. Será la convergencia de sus bellísimas regiones geográficas en pleno corazón montañoso. O tal vez, las historias de sus antepasados que yacen, como olvidadas, en sus entrañas. Adentrarse en Ciales es sentir el latido de una naturaleza salutífera, y el presagio de gestas bravías.

Ciales ha sido cuna de artistas y de patriotas que han combatido la ignorancia, que también se muestra como indiferencia, y han optado por enaltecer la inteligencia, la belleza y la bravura que crece en cada pueblo que se ama. El nacionalista Juan Antonio Corretjer Montes y el maestro en historia Ricarte Montes, desde sus trincheras, han insuflado en Puerto Rico, y más allá, lecciones de luchas patrias y espíritus osados. ¡A saber cuántos hombres y mujeres avivan hoy sus principios! ¡Quién sabe cuántas gestas han inspirado sus heroísmos! ¿Guardará la prisionera de conciencia Ana Belén Montes algún depósito heroico en sus genes?

El joven trovador Sebastián Andrés, de apenas catorce años, ha llenado de poesía su voz privilegiada. Sus versos transmiten la luz de los limpios. Su país lo inspira. Y el valor de sus tradiciones. También los verdeazules de sus pueblos, la nobleza de su gente, la libertad, la ternura y la alegría. Pienso que en su canto dormita, como en tantos puertorriqueños creadores de belleza, el amor de su madre.

Ciales esconde secretos. Reposan bajo sus hermosas cordilleras y sus historias silenciadas. Solo se sienten en el viento que sopla, misterioso, irreverente, entre sus colinas. Allí descansan los valerosos. Los de antes y los de ahora. Como Carmencita, Corretjer o Sebastián, son inmoribles.

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