Esteban Caballero Carrizosa

Punto de vista

Por Esteban Caballero Carrizosa
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Ciencia y pensamiento mágico en tiempos de pandemia

Una de las cosas que la pandemia trajo consigo es la referencia al discurso científico como parámetro para las decisiones. Ello ha marcado un contraste con el modo en que se ha venido dando la relación entre política y ciencia a partir del surgimiento de los llamados “liderazgos populistas”; véase los casos emblemáticos tipo Trump y Bolsonaro. Es parte de esa cultura política establecer el predominio de lo ideológico frente a una narrativa basada en la evidencia surgida del análisis científico. Por ejemplo, la negación del cambio climático como efecto de la actividad humana en la Tierra. 

Hoy por hoy, y a pesar de la rebelión de los liderazgos políticos de corte populista ante las evidencias, la descalificación de la ciencia ha tenido que dar paso a una suerte de subordinación ante los hechos a los que ella hace referencia. Les guste o no les guste, el discurso sobre cómo aplanar la curva y disminuir el contagio hasta llegar a niveles manejables, liderado por científicos y epidemiólogos, ha logrado prevalecer ante los intentos de relativizarlos.

Este proceso también ha tenido un impacto cultural importante en el mundo de las religiones y las creencias. Sin duda, nos conmueve que los grandes guías espirituales han obrado con humildad y responsabilidad, acompañando al mundo, insistiendo en la enorme importancia de la resiliencia. Fuerza que todos requerimos tener en momentos difíciles, y que, sin duda, se adquiere subrayando la centralidad de la fe y la oración. Son también síntomas de la época que estos mismos liderazgos se han encargado de resguardar y difundir sus mensajes usando las redes y tecnologías mediáticas que están a su disposición. 

Sin embargo, no es aventurado decir que se ha generado cierta disonancia cognitiva al ver cómo los grandes liderazgos eclesiásticos (voceros de un Dios Todopoderoso) se han plegado al discurso de los epidemiólogos y han aconsejado a sus fieles seguir las recomendaciones. Verlo al Papa hacer su procesión solo por el Vaticano en Semana Santa, o a los imanes aconsejar postergar las reuniones sociales durante este Ramadán, genera una cierta desmitificación. Su lugar en la cultura se ha desplazado en nuestro imaginario, pues al final, obedecen una orientación mundana dada por la sanidad pública terrenal. Se da esa sensación inusual de que son como uno, también van a tener que usar un barbijo. 

Menos moderadas han sido algunas reacciones de pastores y líderes eclesiásticos que han visto su poder de convocatoria y asamblea fuertemente golpeados por las medidas de distanciamiento físico. Sobre todo de aquellos que han distorsionado el discurso de la revelación y el poder de la oración, divulgando un pensamiento mágico de sanación, que ha atrapado a más de uno en su engaño. Curiosamente, estos son muchas veces los mismos que han construido los apoyos a los liderazgos anticientíficos, adeptos a la posverdad y a la apuesta que la política es subjetividad pura. Es notoria su desesperación ante la evidente pérdida de capacidad de interpelación, cuando ven que a pesar de tener el permiso de convocar, sus seguidores se reducen visiblemente, y si aparecen, muchos lo hacen manteniendo distancia y con barbijo. Por suerte la gente, al final, no toma riesgos, y esperan que haya una vacuna.

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