Miriam Montes

Tribuna Invitada

Por Miriam Montes
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Clamor de Libertad para Ana Belén Montes

Texto de la declaración presentada por la autora el 18 de junio de 2018 ante el Comité de Descolonización en la Organización de las Naciones Unidas

Señor Presidente, señores embajadores, apreciados compatriotas. Soy Miriam Montes Mock, portavoz de la Mesa de trabajo por Ana Belén Montes en Puerto Rico.

Hoy más que nunca atañe el paralelismo entre el proceder valeroso de nuestra prisionera de conciencia, Ana Belén Montes, y la urgencia que tenemos los puertorriqueños de reclamar, como antídoto a las imposiciones crueles del gobierno estadounidense, el derecho a la auto determinación.

“Quienes no se mueven, no notan sus cadenas”, dijo en cierta ocasión la teórica marxista Rosa Luxemburgo.

Los puertorriqueños estamos encadenados. Colonizados, dependientes, carentes de capacidad jurídica para construir nuestro propio país, sufrimos ahora la coerción de una junta dictatorial que responde a intereses de inversionistas en crasa violación a los derechos humanos del pueblo. La crisis económica, producto de una relación política desventajosa e indigna, ha sido el pretexto para promover una agenda neoliberal que frustra nuestros esfuerzos para recuperarnos. Se trata de un menosprecio a los servicios esenciales del pueblo: al pan, la salud y la educación de nuestros hijos. Ante tal atropello, el resultado es trágico e irrefutable: mayor empobrecimiento e indefensión, y un desesperante éxodo de nuestros recursos humanos.

Pero Puerto Rico no ha sido (ni es) el único pueblo objeto de abusos imperialistas. Hace tres décadas Ana Belén advirtió el cruel castigo que sufrían los países Latinoamericanos y del Caribe ante las intervenciones del gobierno estadounidense. Su trabajo en el Pentágono le permitió identificar acciones que atentaban contra la salud y la vida del pueblo cubano. Tuvo la opción de hacer nada. De voltear la cara y dejar que los eventos siguieran su curso. Después de todo, la historia de la humanidad está plagada de pueblos encadenados por naciones poderosas.

             Ana Belén, sin embargo, se movió. En su examen de conciencia, la solidaridad pesó más que la apatía. Incluso, la solidaridad pesó más que su vida y su libertad. 

 “Lo más revolucionario que una persona puede hacer es decir siempre en voz alta lo que realmente está ocurriendo”, dijo también Luxemburgo.

El proceder revolucionario de Ana Belén y su encierro en una cárcel estadounidense constituyen un discurso imposible de ignorar.

No solo subraya la acción condenable de la opresión de unos pueblos sobre otros, sino que nos confronta a todos con la decisión de ser quienes queremos ser. Frente a las realidades históricas que vivimos los puertorriqueños, ¿quiénes queremos ser? O tal vez la pregunta debe ser, ¿quiénes no queremos ser? ¿Queremos callar ante la imposición de medidas que estrangulan nuestro desarrollo como pueblo?  ¿Dejarnos arrastrar, como corderos, a una aniquilación segura? ¿O, por el contrario, queremos sumarnos a las voces que resisten? ¿A aquellas que denuncian el germen del colonialismo y reclaman para los suyos una vida digna?

Las acciones solidarias de Ana Belén también revelan las grietas en los procesos de pacificación que vive el mundo contemporáneo. Los conflictos entre EEUU y Corea del Norte, Venezuela, entre otros, propician la opción de la mediación y los acuerdos pacíficos en vez de la imposición de medidas extremas. La vida de las comunidades y de las naciones evidencia que el camino de la negociación y la cooperación rinde resultados positivos más duraderos y menos dolorosos que la opción contraria. No es de extrañar que en el Preámbulo de la Declaración de los Derechos Humanos, se articule la importancia de promover la amistad entre las naciones. Fue justo lo que Ana Belén promulgó en sus declaraciones ante el juez que emitió su sentencia.

Pero el mundo gira al revés. El poderío económico y político se ha convertido en la meta suprema de las naciones. Ante la desgracia de nuestro pueblo, la naturaleza depredadora de los inversionistas ha sacado sus garras. Y la junta de control fiscal lo oficializa. Atrás ha quedado el derecho a una vida digna de los puertorriqueños.

Ante el atropello que sufrió el pueblo cubano, Ana Belén Montes se movió hacia la solidaridad y al hacerlo, sonaron las cadenas del agravio, del menoscabo y la injusticia.

Hoy, a los puertorriqueños nos corresponde elegir la soberanía, que equivale a movernos hacia una verdadera construcción patria. Nos urge denunciar las políticas insultantes hacia nuestro pueblo. Al enfrentar este desafío, nos inspira la integridad y el valor de Ana Belén como paradigma de un pueblo que se sacude de las cadenas del colonialismo.

¡Hoy más que nunca, libertad para Ana Belén Montes!

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