Ariel Orama López

Buscapié

Por Ariel Orama López
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COCO

Los pasillos de la Santa Muerte se ensanchan, a solo horas de la alborada: desde el cementerio hasta el albergue del séquito de espíritus iluminados -y no tan iluminados- se observa la alfombra de la transición de mortales y etéreos. La búsqueda de los seres queridos -ya difuntos- para la bendición espiritual, era la máxima prioridad de Miguel, el encapuchado rojo de la tierra guadalupana.

Quienes hemos tenido la dicha de visitar la tierra del Sol, sabemos que existe mucha verdad entrelazada con tradición en el misticismo mexicano: y en ello estriba lo mágico-esplendoroso de su cultura y la certidumbre que trasciende lo previsible.

Y es que Coco encierra grandes lecciones. Primeramente, el poder seductor de la muerte como objeto de análisis trae consigo toda una serie de rituales, mitos y creencias que a veces coexisten, de forma universal, entre las culturas: la alusión a un guía o un gurú, el ancestro cuyo don traspasa fronteras hasta aparecer en la tercera generación y el deseo de los vivos por entrar en contacto con los muertos “sanguíneos” -identidades de amados que no se pierden-, y viceversa, son solamente algunos de los temas mencionados en este filme fundamentado en las coloridas tradiciones de México.

También aparece el innegable valor de la familia, las bendiciones, las maldiciones y los decretos. ¿Y cuál es la mejor lección de este filme?

El deseo por perpetuarse: la necesidad de vincularse con el otro y de ser recordado, como principio de vida. ¿Cuántas vidas serán necesarias para convertirnos en fósil perenne?

Aun en tiempos pseudoapocalípticos, que no muera el eslabón de la tradición y la cultura: seamos como México. Ni que muera nuestro DNA particular, para ser uno con el todo en nuestro terruño isleño.

De celebraciones, majarete y de coco, ¡sí que sabemos! No perdamos nuestra alegría: luces solares para iluminarnos, canela por contrabando y coquito sin huevo.

Aunque sea sin hielo.

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