Benigno Trigo

Tribuna Invitada

Por Benigno Trigo
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Coco y el eclipse

El lunes del día siguiente era día de clases. Sabía que tenía que dormir, pero había visto mi segundo eclipse y me había desvelado. Afuera de la puerta oía a Coco, el toy poodle blanco de mi abuela, yendo de un lado al otro, del antiguo cuarto de mi abuela al de mi abuelo en La Fortaleza. A pesar del manicure que le daban semanalmente, sus garras hacían ruido cuando daban contra el mármol de los corredores vacíos del viejo edificio. El eco de las patas de Coco sobre el mármol me recordaba que todos estaban dormidos, hasta Mami, que estaba acostada en la cama al lado mío, y se había tomado una pastilla de dormir. La máscara le cubría los ojos.

Mi abuela había traído a Coco de Ponce, junto con su cama de hospital. Ella era de Mayagüez, y estaba fuera de su agua en San Juan, pero respiraba con tanque de oxígeno. Había insistido en estar con mi abuelo desde el principio de su gobernación en 1968. Cuando murió mi abuela hubo muchos cambios. Coco se quedó solo, y corría por La Fortaleza como un alma en pena. Mami se divorció de Papi y acompañó a mi abuelo durante el trance. Mis hermanos y yo pasamos los fines de semana en la vieja casa del gobernador del Viejo San Juan, sin Papi, que se mudó a un apartamento moderno en El Condado.

Ese domingo había sido emocionante. El eclipse había sido parcial, y escasamente había durado dos horas, pero todos nos habíamos reunido para verlo desde la terraza de La Fortaleza. Coco se había vuelto loco. Estaba nervioso y ladraba constantemente. No había cómo consolarlo. Más tarde, en la noche, yo rogaba que Coco dejara de hacer ruido con las patas para que Mami no lo castigara. Acostado en la cama de madera antigua, cubierto por las sábanas finas de hilo, arrullado por el ruido de los abanicos, yo contenía mi respiración para no molestar a Mami. No estaba acostumbrado a dormir en el mismo cuarto que ella. En la casa de Marbella teníamos cuartos separados por varias puertas y corredores. Pero ahora dormíamos a pocos pies de distancia. Yo sabía que Mami dormía mal y se enfurecía cuando la despertábamos. Tal vez como Coco, yo pensaba en el otro eclipse. El que había cambiado nuestras vidas para siempre.

Mi abuela había muerto del corazón el 5 de marzo de 1970, hacía un poco más de dos años. Puerto Rico se había cubierto de luto. Había perdido su Primera Dama. La Fortaleza, un edificio ya de por sí oscuro, se había ensombrecido todavía más. Las ventanas de la galería del tercer piso, donde estaban nuestras habitaciones, daban hacia el oeste. La galería era mi lugar favorito. Siempre comía allí. El sol entraba por la tarde por las grandes ventanas rodeadas de vitrales multicolores haciendo brillar el corredor de losetas blancas y grises con reflejos alegres. El efecto era como estar en un barco en las Islas Vírgenes. Pero cuando mi abuela murió, las ventanas amanecieron cerradas, y la galería perdió su encanto.

El velorio fue en La Fortaleza. Pusieron su cuerpo en el Salón de música. Reemplazaba el piano que mi abuelo había mandado traer de su casa en La Alhambra, en Ponce, y donde practicaba el concierto de piano número 3 de Beethoven todas las tardes. Habían sacado el instrumento para acomodar el féretro abierto de mi abuela. Mi madre me llevó de la mano a verla. Su cara, a media luz, estaba iluminada por el candelabro que colgaba del techo y por las cuatro velas alrededor del ataúd. Era mi primer muerto.

En vida, mi abuela tocaba el piano, pero su repertorio era muy distinto al de mi abuelo. Prefería los Nocturnos de Chopin, que hacía tiempo ya no podía tocar. Como mi abuelo, mi abuela tenía una gran disciplina, pero a diferencia de él, mi abuela era una mujer dominante. La casa de La Alhambra corría como un reloj suizo y seguiría corriendo igual por muchos años después de su muerte, como si le hubieran dado cuerda a una máquina de moción perpetua justo antes de morir. Las lecciones de mi abuela abarcaban todo. Desde cómo sentarse a la mesa hasta cómo sentarse en el toilet. Recordaba que la primera lección que recibí de ella fue sobre el modo de usar el papel de inodoro. Me llevó al baño de huéspedes en el segundo piso de la casa de la Alhambra. Me sentó en el trono y jaló delicadamente el papel higiénico hasta sacar dos hojas y dos hojas nada más. “Mucha gente usa el rollo completo” (me dijo) “pero en esta casa somos conservadores, y sólo usamos dos hojas de papel. Lo doblas así para que sea lo suficientemente fuerte, y con eso basta”. Yo nunca pude dominar el arte de limpiarme el trasero con dos hojas de papel higiénico, pero no tuve el valor de confesárselo a mi abuela.

La mudanza a La Fortaleza había debilitado a mi abuela, pero no tanto como para delegar sus funciones de Primera Dama a nadie. Mi abuela organizaba las comidas, los almuerzos, las visitas de los dignatarios, y la disciplina de sus nietos desde su cama de hospital. Coco estaba siempre limpio y perfumado. Era un símbolo para mi abuela del partido político de mi abuelo que tenía como emblema una Palma azul. Una vez a la semana traían un manicurista para que le pulieran las uñas y se las pintaran de ese color. Llevaba siempre una cinta azul prendida al coco. Mi abuela era como el mago de Oz, manejaba La Fortaleza desde la torre de su cuarto y desde detrás de la pantalla de plástico que la ayudaba a respirar.

El hecho de que mi primer eclipse coincidiera con el día del velorio de mi abuela parecía planificado.  Confirmó que mi abuela era una persona que nos alumbraba a todos, que nos cegaba y nos daba su calor, y temía que había desaparecido para siempre. Recordaba que vimos el eclipse con mi abuelo desde la misma terraza de La Fortaleza. Estaba en el tercer piso. Miraba hacia el oeste y daba a la bahía de San Juan. Desde ella se podía ver todo Puerto Rico: el antiguo leprocomio de Isla de Cabra, la moderna planta eléctrica y la fábrica de los Serrallés en primer plano, y detrás la Cordillera Central. El azul marino de la bahía reflejaba los rayos del sol que dominaba el cielo azul claro de San Juan. Los pisos eran de losetas de barro colorado. Sus muros eran de cal y canto, y sus puertas y ventanas estaban lavadas con lejía y pintadas de blanco y azul claro. Salir de la semioscuridad de La Fortaleza y entrar a la intemperie de la terraza me cegaba como si me estuvieran tomando una foto.

El día de mi primer eclipse fue el día antes del velorio de mi abuela, de la misa de cuerpo presente, y del entierro en el Cementerio del Viejo San Juan. Fue como una preparación para lo que iba a pasar. Aunque sólo era un eclipse parcial, lo anunciaban por todos lados. En la escuela y en la televisión nos enseñaban fotos de lo que se vería en otras ciudades del país, la totalidad: un Sol negro completamente oculto por la Luna. Sentía miedo y una gran curiosidad. En mi casa se esperaba que diéramos el ejemplo, que mantuviéramos la calma y nuestro entusiasmo bajo control. Nada de exabruptos, ni gritos, y sobre todo, nada de mirar el sol directamente, nos habían dicho. Hacer esto nos cegaría para siempre, nos previno mi madre. Esto no quería decir que no pudiéramos ver el eclipse, nos decía mi abuelo, pero lo teníamos que ver indirectamente, usando dos hojas de papel. Todos los hermanos esperamos como se debe: tranquilos, sentados en los sofás blancos y azules, sudando la gota gorda bajo el sol del medio día, en nuestras ropas de luto, a que pasara el eclipse. Cuando pasó, Coco empezó a ladrar desesperadamente. Nuestras caras de circunstancias por la muerte de mi abuela, junto con el eclipse, había sido suficiente para él. Se desesperó. Vi a Mami ponerse lívida. Casi podía oír los primeros acordes de la quinta sinfonía de Beethoven en mi imaginación, anunciando una catástrofe. Me paré de un salto, cogí a Coco en brazos, y lo metí dentro para tratar de calmarlo.

Ahora, de regreso a mi cama, vuelvo a oir a Coco dando vueltas al otro lado de la puerta. Nervioso por él, siento ganas de carraspear. Aguanto todo lo que puedo pero al final tengo que toser, lo más calladamente posible. Me preparo para el asalto y la recriminación de Mami. Pero lo que ocurre me toma por sorpresa. Desde la otra cama siento a Mami darse vuelta lentamente y preguntarme en voz baja “¿no puedes dormir?”  Le contesto que estoy desvelado por el eclipse. Mami se levanta de la cama y se sienta a mi lado. Pone sus manos en mi espalda, como hace de vez en cuando, y me da un sobito. Los sobitos de Mami son iguales a los que me daba mi abuela. Sus dedos se mueven como si tocaran un Nocturno en el piano de mi espalda. Minutos después estoy profundamente dormido.

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miércoles, 23 de agosto de 2017

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