Mari Mari Narvaéz

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Por Mari Mari Narvaéz
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Coctel explosivo

Como buen hijo del padre de la corrupción puertorriqueña, Rosselló II ha tenido lo que sus ídolos del norte llaman un early start en esta materia de distinción genealógica. De Whitefish para acá, sus secretarios de agencia hicieron fiesta con las contrataciones en el periodo de emergencia, las preferidas para ese acto ya cotidiano en nuestro país: el tumbe oficial. Los procesos de contratación en tiempos de emergencias están exentos de regulación y licitación, por lo que los reyes del tumbe de ponen las botas.

Así que mientras usted perdía a seres queridos por falta de luz y diesel, mientras pasó hambre y sed, perdió su trabajo, no conseguía dinero ni tenía comunicación con su gente, nuestro gobierno otorgó más de $128 millones en servicios educativos, de adiestramientos y de orientaciones y sobre 1,200 contratos en “servicios misceláneos”, que son los más misteriosos de todos. Muchos fueron en el Departamento de Educación a pesar de que las aulas estuvieron cerradas todo ese tiempo.

Así que la señora Keleher no solo gestionó el famoso contrato de ‘Tus valores cuestan” por $17 millones, a razón de $15,000 por escuela. También otorgó cientos de contratos de servicios educativos, transporte y misceláneos.

Luego de gastar nuestro dinero en servicios que nada tienen que ver con la emergencia, con sus caras de lechuga aprueban la privatización del sistema de educación. La escuela pública, uno de los pocos vehículos de movilidad social que tiene nuestro país, ahora también estará sujeta a los intereses del sector privado. Cuando los educadores protestan, se les niega la entrada al Capitolio. Las leyes más neurálgicas que se han creado en nuestro país en los últimos años, se han aprobado literalmente a escondidas de la ciudadanía, como en las dictaduras más temerarias.

Keleher es un coctel explosivo que combina serios problemas de sobrepreciación de su trabajo, otorgación ilegal de contratos, problemas intolerables de actitud y no sabe hablar español ni conoce a los escritores más elementales de la literatura puertorriqueña. Pero creo que, cuando se le pide la renuncia, también habría que incluir la de su jefe, Rosselló II. Antes de que se lleven los clavos que quedaban en esta cruz nuestra.

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