Enrique Toledo Hernández

Punto Fijo

Por Enrique Toledo Hernández
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Colonialidad del saber

En el 2013, escribía que el Estado Libre Asociado (ELA) se adentraba hacia una inevitable situación de impago. Alertaba luego de la tormenta perfecta que se avecinaba con una situación de impago sin la cobertura de la ley de quiebras federal. Advertía, además, que lo importante ya no era si iba a ocurrir o no ese evento, sino los cambios que se avecinaban y que, muchos de ellos, nos los iban a vender con discursos “técnicos” cuando eran eminentemente políticos (decisiones colectivas sobre el futuro del colectivo).

En el 2014, el equipo de trabajo del senador Manuel Natal, todos jóvenes de menos de 33 años, sometió varias legislaciones previendo un impago que en aquel momento se negaba. Presentaban legislación para: 1) imponer un “toll gate tax” a la repatriación de ganancias del capital extranjero; 2) autorizar una moratoria al pago de la deuda y su negociación; 3) aumentar el impuesto a las multinacionales cobijadas por la Ley 73-2008 y 4) crear un comité que audite la deuda. En aquel momento tales anteproyectos fueron vistos como “atrevidos”, de “ignorantes” o de “jóvenes inmaduros”. La vieja mentalidad de los “baby bootstrap” (en el Gobierno, en el partido y entre algunos economistas) era desvalorizarlos ya sea porque no se ajustaban a sus nociones de “realidad” o porque no eran los protagonistas.

Empero, el informe Krueger, amparado en un pensamiento económico ortodoxo, ratificó la necesidad de la negociación de la deuda, de su futuro impago y cuestionó la estructura de exenciones impositivas foráneas y a extranjeros (Ej. leyes 73, 20 y 22). Empero, las recomendaciones de este informe son el perfecto ejemplo de cómo un discurso “técnico” encubre la naturaleza política de las mismas (y del problema puertorriqueño). Tales recomendaciones implican cambios en las relaciones de poder dentro de Puerto Rico, entre EE.UU. y Puerto Rico y entre Puerto Rico y el capital cuyos beneficiarios serán EE.UU. y el capital extranjero (vía el “trickle down”).

¿Por qué el Gobierno contrató a Krueger (y sus colegas economistas) o a la compañía KPMG para justificar el IVA? ¿No había profesionales probados aquí en Puerto Rico para hacer lo mismo o mejores informes que legitimaran la misma línea enunciativa (o sea, enmarcado en la promesa del “progreso” vía el crecimiento económico)? ¡Claro que sí! ¿Pero por qué la opinión (extranjera) de Krueger y Donahue es más valiosa que la de profesionales del patio, o la opinión de funcionarios y economistas de la generación “baby bootstrap” más valiosa que la de otras jóvenes, entre otras muchas jerarquías? ¿Pero por qué un economista (u otro profesional) tiene el privilegio de decirle un no profesional cómo tiene que vivir la vida (vía sus “consejos técnicos”)? ¿Acaso el otro no profesional no sabe vivir felizmente su propia vida y el profesional sí? Por la colonialidad del saber.

La colonialidad del saber da cuenta de dos estructuras que producen, una la realidad específica, a saber: el eurocentrismo y dualismo. El eurocentrismo implica tanto que la sociedad más evolucionada (o la más humana) es la occidental (EE.UU. y Europa), que esa condición “evolucionada” es resultado de su desarrollo natural (no resultado de relaciones históricas de poder) y que el “verdadero” conocimiento es generado por (preferiblemente) el occidental o (mínimamente) por el uso de estructura de generación de conocimiento occidental. El dualismo clasifica lo humano y sus organizaciones sociales en dicotomías jerárquicas como: occidental-no occidental, desarrollado-subdesarrollado, moderno-atrasado, hombre-mujer, blanco-negro, entre otros, siendo lo occidental(izado) superior.

Las ciencias sociales, pero especialmente la economía, reproducen nítidamente esa estructura productora de una específica realidad. Puerto Rico no es “desarrollado” porque no es como Estados Unidos. El puertorriqueño es “subdesarrollado” (¿subhumano?) porque no realiza las gestiones conducentes (¿es vago?) para “desarrollarse”. Puerto Rico, como no se ajusta “al progreso” (occidental), por tanto, es el problema. El problema de la deuda es por el puertorriqueño, no por los agentes del progreso (EE.UU., multinacionales, bonistas, profesionales). El puertorriqueño es desconfiable, el extranjero no.

Descolonizar a Puerto Rico es descolonizar el conocimiento que lo coloniza (interna y externamente).

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