Rosa Mercado

Buscapié

Por Rosa Mercado
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Columpios en Dallas

El otro día, en el parque, me subí a un columpio. Con mis cinco décadas de vida, no podía estar más feliz, que allí, balanceándome, de cara al viento frío  y a los árboles con sus hojas bronceadas. Llegué antes de de que el sol se oculte aquí en Dallas, con estos días de invierno tan cortos que dan ganas de llorar. En mi mente, era de nuevo la niña flaca de  espejuelos y rodillas peladas, que entonaba  junto a las primas “en el columpio Cecilia canta, sube columpio, columpio baja”. Solo que las primas están lejos y no hay con quien cantar la canción de Cecilia.

 Acostumbrada como estoy a estar con Misma, me canté la canción yo solita, sin ánimo de desconcertar a un papá y su hijo que jugaban en una chorrera cercana. Y de momento, en la magia de la tarde, todas mis primas y mi hermana  estaban allí, acompañándome a cantarle al atardecer. Y todas volvimos a tener dos rabitos, las rodillas peladas, las decepciones sin estrenar. Pero la magia del reencuentro no sobrevivió la llegada de la noche. Y seguí columpiándome a mi aire, como si no hubiera mañana.

Lo bueno de columpiarse es la sensación de no estar pensando en nada. De solamente estar. El “mindfulness” ese que dicen y que se ha puesto de moda. Conciencia plena le llaman en español. Y hay quienes pagan cantidades de vértigo, por talleres y seminarios para alcanzar ese estado. La nuestra es la generación de la búsqueda constante, somos los hijos de los libros de autoayuda, los adolescentes que hartándose de comida afirman ante el espejo: “Estoy más flaco cada día”, como si una frase pudiera derrotar las calorías que entran a la boca para asentarse eternamente en las caderas. Autoengaño se llama.

En eso pienso ahora. Allí, impulsándome con los pies para llegar más alto, solamente disfrutaba el placer de estar viva.

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