Vanessa Droz

Punto de Vista

Por Vanessa Droz
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¿Cómo convertir el Viejo San Juan en una ciudad habitable?

Ya 2019 languidece y despegan las candidaturas a la alcaldía de San Juan para 2020. Parto de la premisa de que los candidatos y candidatas caminarán las calles del Viejo San Juan —una ciudad que queremos habitable— y/o se hospedarán (aunque sea unos días), no ya para meramente hacer campaña sino para compenetrarse con lo que es nuestra vida ciudadana.

Tengo la esperanza de que indagarán cuáles son las virtudes de esta “joya de la corona” del turismo —externo e interno— y cuáles son sus principales problemas para que no siga perpetuándose esa doble imagen del Viejo San Juan: la entelequia que se cuida y se administra sola —un primoroso decorado hueco en el que no vive ni se interrelaciona gente— y esa tierra de nadie donde se puede hacer lo que dé la gana.

El Viejo San Juan no es Río Piedras, cuyo nivel de deterioro es tal que el más minúsculo gesto de atención parecería logro titánico. El Viejo San Juan es un espacio complejo en el que convergen muchos y variados estilos de vida, funciones y expectativas. Aún así, y como se dice comúnmente, el antiguo casco sanjuanero es “cuatro calles”. Y quien no puede manejar cuatro calles no puede administrar una ciudad entera. Si se mira el Viejo San Juan con ojo amable (otros lo han hecho), se pueden poner muchas “picas en Flandes”.

Una “ciudad habitable”, concepto usado durante décadas por gobernantes y planificadores en otras latitudes, todavía no tiene arraigo en nuestro país. ¿Es, acaso, una quimera desearla? Si no aspiramos a ella, estamos derrotados de antemano ante la burocracia y la desidia que permean tantas agencias gubernamentales y municipales.

¿Es utópico aspirar a algo tan básico como una ciudad segura, una ciudad limpia, una ciudad para todas las edades, una ciudad en que las alcantarillas no huelan a abominables salideros del infierno, una ciudad con tránsito coordinado para evitar tapones y riesgos, una ciudad cuyos horarios se cumplan, una ciudad en la que todos los sectores se respeten mutuamente y busquen soluciones en conjunto, una ciudad cuyo patrimonio edificado no sea agredido —con intervenciones improcedentes ni con publicidad menoscabante—, una ciudad a la que el visitante —interno y externo— venga con respeto; una ciudad, en fin, promotora del bienestar social y económico, cuyo corazón sea quienes la habitan, las personas que la hacen posible: residentes, visitantes, comerciantes, la gente que viene a trabajar.

Las ocasiones en que he depuesto ante la Asamblea Municipal sobre diversos temas, siempre he preguntado cuál es el plan para el Viejo San Juan. Nunca hay respuesta. Como no hay un plan integrado para la ciudad (si lo hay, nunca lo han comunicado o en la práctica es inexistente), cualquier visión externa, con sus voraces garras, se disfraza de orden, de posibilidad, de futuro.

Desde hace décadas existe la desafortunada percepción de que en el Viejo San Juan se puede hacer lo que dé la gana y que, incluso, no hay consecuencias. Esta premisa inarticulada es la que viabiliza que en determinados momentos y espacios el Viejo San Juan sea tierra de nadie. La lista de ejemplos es interminable. Durante décadas se han analizado las posibles soluciones. Solo hace falta determinación y buena voluntad.

¿Cómo implantamos en nuestros afanes diarios, en nuestro corazón de ciudadanos —de habitantes y hacedores de ciudad— que queremos y merecemos una ciudad habitable? ¿Cómo convencemos a los/as aspirantes a la alcaldía de que solo una ciudad habitable es buena para el turismo, el desarrollo económico, los residentes, los comerciantes, los visitantes, para gente de todas las edades?

Las leyes, reglamentos, ordenanzas y el Código de Orden Público están ahí. Solo faltaría la voluntad y compromiso de quienes aspiran a la alcaldía para que en 2021 el Viejo San Juan, no solo aspire, sino que se encamine a ser una ciudad habitable.

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